martes, 22 de febrero de 2011

Mi Nguillatún



Tenía pendiente relatar la historia del Nguillatún, la celebración Mapuche en la que se le pide a la Madre Tierra, a la Ñaku Mapu, por la generosidad de sus frutos.
Cómo datos técnicos, el Nguillatún dura tres días en los que se celebra reiteradamente un  rito en el que un grupo de hombres baila, un grupo de mujeres canta y el resto de los hombres rodea la herradura de ramadas montados a caballo y cantando gritos de guerra.
Saliendo de lo técnico, el Nguillatún es la celebración del ser Mapuche, de su ser conectado con la Tierra, de su ser respetuoso y agradecido por los regalos de la naturaleza, de su ser que sólo es en comunidad. Porque el ser en soledad no existe en esta tierra entre montañas de cielo azul.  El Nguillatún recoge la esencia Mapuche y la celebra en un espacio de libertad, de verde, en el que se baila para la Tierra, se canta para la Tierra, y se recuerda la esencia luchadora de la gente Mapuche.


Mientras más conozco a este pueblo originario, mientras más comparto con ellos, mientras más admiro a Eva por la pasión que se le arranca de su alma Pehuenche, menos entiendo las contradicciones con las que este pueblo debe vivir.
Nos queda tan lindo el discurso en el que decimos que lo bueno de la historia es aprender de nuestros errores y así no volver a cometerlos. La época de colonización española en mi Latinoamérica fue aberrante, en especial la evangelización. Yo soy seguidora ferviente de Jesús y de su mensaje. Que es un mensaje bastante simple: Amor. Y en este amor, el respeto y la humildad.
Pero cuando recordamos la evangelización, acordamos en que el trato a los pueblos originarios fue inhumano y en general lo decimos pensando en la sangre que se derramó. Siempre la opresión física es la que más nos impacta. Pero cuando no es sangre la que se derrama, cuando no es el cuerpo físico el que se aplasta sino el espiritual, no nos alarmamos tanto.

Los pueblos originarios de América poseen una sabiduría y una cosmovisión que es parte de su vida y de sus actos en todo momento, no sólo de una hora un domingo a la semana. Despojarlos de sus tradiciones y de sus costumbres es lo que más debería escandalizarnos de la evangelización. Jesús nos pidió que transmitiéramos su mensaje de amor, no que impusiéramos ritos.
Y aquí es donde me vuelvo a preguntar qué pasó con ese discurso de aprender del pasado. El alma y la esencia de los pueblos originarios se siguen masacrando.  A Giordano Bruno lo mataron cuatro siglos atrás por decir que Dios está presente en la naturaleza, en la tierra. Eso  hoy nos parece una barbarie, porque sabemos que Dios está presente en todo y en la naturaleza. Aún así, aunque hoy no quemamos a los mapuches por celebrar a la tierra como se hizo con Giordano Bruno, lo que se les hace es peor, porque es un martirio silencioso.

Vivir el Nguillatún fue una experiencia sobrenatural. Vivir en comunidad. Sentir la energía que se genera de la intensidad y el orgullo del quien soy, de quienes somos. Pero no dejó de estar ajeno de dolor. El dolor de quienes lamentaban ver a una comunidad más pequeña y a un grupo de Pehuenches Mapuches que sólo eran expectantes desde fuera. Que miraban desde fuera sin libertad, con miedo, cuando las iglesias llegan a remotas tierras acusando de ritos paganos que te llevan al infierno. Acusando de matar tu alma. Aparentando un apoyo cultural porque les mantienen el lenguaje, pero juzgando e impidiendo el desarrollo de cualquier actividad que no sea la que su iglesia impone.

Mientras iba conociendo a quienes me dejaron participar de su Nguillatún, a quienes me hicieron parte de su familia y compartieron el techo de su ramada conmigo, no dejaba de pensar en lo que decía Alberto Hurtado “Qué haría Cristo en mi lugar?” Y la respuesta sigue siendo la misma para mí. Jesús hubiese estado feliz de ver a este grupo que compartía su mensaje, Jesús hubiese disfrutado del queso asado en la tortilla, hubiese amasado y frito sopaipillas, hubiese chupeteado con ganas las costillas de cordero y le hubiese bailado a la tierra. Y sin embargo hay quienes en su nombre juzgan. Y por más juicios que escucho, no logro recordar a Jesús juzgando.


Afortunadamente, este relato tiene un final feliz. Con una felicidad que viene de un lugar bastante obvio. Viene de los niños. Esos niños que se pasaban la tarde ensayando los pasos del baile, que ardían en ansias por entrar al círculo a bailar y que volvían preguntando orgullosos si es que los había visto. Esas niñas que soñaban con el momento en que les tocara entrar al círculo a cantar. Esos niños que tienen la suerte de tener familias orgullosas de ser quienes son. Orgullosos de decir SOY. De aceptar y crecer en este mundo que cambia sin dejarse atropellar, sin dejarse arrastrar. Sin dejar de ser.

Hasta cuando seguiremos con una concepción de evangelizar que implica imponer? Cuándo nos daremos cuenta que la forma es compartir, aprender y entender? Es necesario ver sangre para decir basta? Cuándo empezaremos a escandalizarnos por los atropellos del alma? Por la indignidad?

Gracias Eva por dejarme conocerte, por dejarme ser parte. Aunque al principio no querías que fuera, querías esperar a que estuviera más preparada, pero al final me sentiste lista para entrar a este Nguillatún, con lo wei wei lonco que dices que soy. Me llevo esta experiencia en el corazón. Me la llevo a otras tierras, pero con una energía que recorre cualquier distancia, la energía del respeto y el amor.





martes, 8 de febrero de 2011

La vuvuzuela? Ah?

Como es de esperar, cuando toca algún mundial de fútbol todo el mundo gira en torno al mundial. No es para menos, es la fiesta mundial que cada cuatro años reúne a todos los países, todas las religiones y tendencias políticas,  nos sentimos todos como hermanos, creemos en la libertad de todos los pueblos, bla, bla, bla...(la verdad es que aunque Chile ni esté en el mundial, tiene su encanto cuando descalifica Argentina, pero engañémonos con que la cosa es fraternidad y amor y bla, bla, bla).

Mis amigos todavía me molestan por cobrar penales a mitad de cancha, pero aún así cuando es el mundial me las doy de experta. Sinceramente me encanta ver los partidos mundialeros.

Soy buena para la nostalgia y el recuerdo (...), mas si me he puesto a hablar del mundial, no es para recordar la gloria del campeón ni las penas de los no campeones.

Para llegar al punto principal de mi historia (sí, a pesar de tanto deambular, sí hay un punto), es necesario ponerlos en contexto.

Mundial de Sudáfrica 2010. Fecha en la que estaba viviendo en mi tranquilo Sangkhlaburi, Tailandia, con mis niños birmanos. Un pueblo fronterizo de tres calles principales y unas pocas callejuelas que cortan la jungla. En este pequeño paraíso escondido, y luchando con la diferencia horaria, me fue posible encontrar dos lugares en el que transmitían el mundial, dos lugares en los que vi los únicos dos partidos de fútbol de todo el mundial. En el "sport bar" (cuchutril que quedaba frente a una cancha de fútbol y uno de los únicos lugares en el que vendían cerveza en Sangkhla, por lo tanto sport y bar: "sport bar") vi con una alemana y una liverpuleña el partido en que Inglaterra quedó fuera. Pero mi adrenalina futbolera fue con el partido Chile / Honduras. Partido que vi en el restaurant del hotel cuico, yo solita, con un montón de meseros birmanos a quienes después de explicarles donde quedaba Chile, convertí en fanáticos. Terminamos juntos sufriendo con los casi goles, cuando hablaba de los jugadores chilenos ellos creían que yo sabía de lo que hablaba, hasta yo me convencí de que me sabía los nombres de los jugadores, y juntos gritamos y saltamos con el golazo de la victoria.

Fue una tremenda experiencia mundialera, sin duda. Pero lo importante acá es recalcar que fue LA experiencia mundialera.

Para concluir, me perdí todo el preámbulo mundialero. Y ahora que me voy a Sudáfrica todos me hacen bromas con la famosa vuvuzuela. Gente: NO TENGO IDEA QUÉ ES UNA VUVUZUELA! No les voy a traer vuvuzuelas de regalo, no entiendo las bromas al respecto, las que entiendo no me hacen gracia y no estoy ni ahí con la vuvuzuela.

Así que por favor, el punto al que quiero llegar con todo este preámbulo es: no me weveen más con la vuvuzuela. Ya?


martes, 25 de enero de 2011

Si fuéramos capaces...

Si fuéramos capaces

Si fuéramos capaces…
…de escuchar antes de hablar,
de leer antes de escribir,
de dar antes que pedir,
de discutir para consensuar,
de consensuar para crecer,
de crecer para mejorar,
de mejorar para compartir,
de compartir para luego festejar,
de festejar para soñar,
de soñar para luego hacer,
de hacer y no solo pensar,
de pensar antes de actuar,
de actuar antes que esperar,
de no esperar y hacer,
de hacer y luego proponer,
de proponer en vez de imponer, …
…estaríamos haciendo pequeñas cosas, que tal vez formen parte de esas “cosas chiquitas” a las que se refiere Eduardo Galeano cuando dice: “Son cosas chiquitas. No acaban con la pobreza, no nos sacan del subdesarrollo, no socializan los medios de producción, no expropian las cuevas de Alí Babá. Pero quizá desencadenen la alegría de hacer y la traduzcan en actos, actuar sobre la realidad y cambiarla, aunque sea un poquito, es la única manera de probar que la realidad es transformable”.


(Un regalo que me dio un tontito por ahí)

viernes, 21 de enero de 2011

AYAYAY!

En Sangkhlaburi, en Tailandia, vivía con mis niños. En Whispering Seed, la ong que empezó un gringo loco llamado Jim, pequeñita pero con sueños grandes; vivíamos todos juntos. Mis niños, birmanos todos, hijos de padres y madres que arrancaron de Birmania y que en Tailandia se enfrentaron a quedarse sin sus padres por diferentes razones que no quiero contar.



Más que una ong, éramos una familia. Vivíamos todos juntos y teníamos nuestra propia idiosincrasia y nuestras propias costumbres. 

Esto incluye el tener nuestros propias formas de hablar, palabras y expresiones que de una u otra forma nos identifican. Hay una palabra en particular, una que no creo aparezca en el diccionario de la RAE. Esa palabra que decíamos cuando alguien dice algo incoherente, cuando las cosas no van saliendo muy bien, cuando ponemos la paciencia a prueba o sencillamente, cuando estamos hartos, la rítmica palabra: AYAYAY! 
Un poco a propósito y simplemente porque se me pegó, hoy, a miles de miles de kilómetros de mis niños, el Ayayay no me ha abandonado.Y me encanta recordarlos con cada Ayayay que esta vida me provoca.
Ayayay!!


lunes, 17 de enero de 2011

¿Sabía usted por qué la sopaipilla lleva un hoyo al medio?



Participando de un Nguillatún el fin de semana pasado, lo que más comimos fue sopaipillas. El Nguillatún se hace al aire libre, en una pradera entre montañas, y lo que se come lo cocinamos en fogata, incluida la sopaipa.
Se pone un caldero en la fogata con aceite, a la altura del suelo, pero entonces: ¿Cómo rayos sacamos la sopaipilla del aceite? Es ahí donde la existencia del oyito del medio cobra todo el sentido. Con una ramita (la que se obtiene del árbol más cercano), uno le achunta al oyito, y saca la sopaipilla!
No creo que sea posible ser más ingenioso.
Y así es como queda descifrado uno de los grandes misterios de la tradición chilensis: El hoyito de la sopaipilla.

domingo, 16 de enero de 2011

Un mendigo x Haití




Estuve este fin de semana con América Solidaria en la campaña Chile x Haití. Mil doscientas personas contraen cólera en Haití día a día, y la campaña busca enviar tratamientos y vacunas para evitar que la epidemia siga infectando a más gente. Ayer y hoy, estuvimos en supermercados inscribiendo socios y captando donaciones. Con $5000 compras una vacuna y le salvas la vida a un niño. Una realidad tan fuerte, que ni siquiera es necesario recurrir a un publicista.
En este tipo de actividades te encuentras de todo. Para empezar, sé que al abordar a alguien para pedirle cinco minutos de su tiempo no tengo por qué esperar que me los den. Que me ignoren, que me digan no, que me miren con cara de "vete al cuerno". Ok! Están en todo su derecho. Lo que no etá ok, es encontrarse con respuestas repugnantes como "y a mí que me importa Haití", o "yo ayudo a los niños de Chile mejor", como si la pobreza tuviera nacionalidades. O que la gente te mienta, como la mina que "iba súper apurada" y se sentó en la banca de al lado. La man o el man que te dicen "es que no tengo tarjeta de crédito" mientras la van guardando en la billetera, y el colmo de los colmos, el pituco que nos puso cara de seriedad absoluta para decir que él era pobre, pobre y luego lo vemos irse del supermercado en un convertible (¡!!).
Lo que digo es, tienen todo tu derecho a estar en desacuerdo con nuestra campaña, pero que respeten a quienes sí nos importa un bledo lo que pasa fuera de nuestra burbuja. Como esos que aunque no se hayan inscrito, sí te escuchan, porque les interesa, porque saben que hay más mundo. 
No quiero en todo caso contar historias de las que nada bueno sale, sino contar una historia en particular que me dejó con la fe en la humanidad bien plantada en el corazón.
Mientras los carros de supermercados desbordaban de bolsas y de desinterés por la campaña, un mendigo con muletas entró al supermercado en la mañana. Se subió a un carrito motorizado, hizo su compra, tomó sus muletas y se fue. Volvió al rato, y luego al otro rato. Cuando volvió como por cuarta vez, y cuando nosotros ya nos íbamos, se nos acercó. "¿Y de qué se trata esto?". Fue la primera persona que se acercó sin ser abordada por nuestro rápido discurso. Le respondimos. Su respuesta es la que aún me tiene con el corazón estrujado "Yo también quiero ayudar". Pero claro, él tenía un problema, y repitió la misma respuesta que ya había escuchado varias veces en el día "es que no tengo plata". Pero eso no lo iba a detener en su determinación por ayudar a Haití, si él no podía dar plata, él podía dar algo mucho más importante "Yo puedo mandar un saludo a la gente de Haití". Y su cara brilló de alegría con la sonrisa de quien cumple con su meta. Él había encontrado una solución. Nos pidió la información y se llevó la página web. No sé si sabría como entrar en la web, pero su cara me decía que encontraría la manera. Tomó sus muletas, el tríptico de la campaña y se fue con la cara en alto y feliz, porque nada lo diferenciaba del resto, él también podía ayudar, al igual que todos los que entraban y salían corriendo del supermercado.
Pero se equivocaba, él no es ni será igual a nadie. Él jamás pensó en la nacionalidad ni pensó en excusas para no ayudar, a él no teníamos que convencerlo de que es necesario ayudar. Él lo sabe. Pero ni es esto, ni sus harapos lo que lo diferencian, sino que este hombre, tenía más humanidad en su corazón que la pude reconocer en todo el fin de semana. Y eso lo diferencia y eso vale. Eso es lo que necesitamos por montones para superar la pobreza y para hacer de nuestra América una América más digna y más justa: HUMANIDAD.

miércoles, 12 de enero de 2011

Seguimos el camino a Itaca


Es raro este asunto de la intuición. Pero cuando volví a Chile, sabía que no iba a ser por mucho. Fui desganada a un par de entrevistas para trabajos sociales acá, pero quedé contenta cuando me dijeron que no. Me ofrecieron  postular al consejo de América Solidaria, y sin pensarlo mucho dije: sería irresponsable de mi parte postular si lo más probable es que trabaje fuera de Chile.
Y así, sin buscar mucho, dejando que la vida confabule a mi favor como siempre ha hecho, un domingo me puse a hojear una revista que estaba en el living de los Poo Pérez. En una columna un poco escondida, aparecía un reportaje de una ong llamada Africa Dream. Siguiendo esto de la intuición me metí a la web para descubrir que es una ong que manda voluntarios a proyectos en África, muy similar al modelo de trabajo de América Solidaria.
Necesitaban tres perfiles que no coincidían con el mío para abril. La corazonada me dijo que escribiera igual. Me marketeé bien marketeada, poniendo en práctica los dotes de la mejor alumna de marketing (y me jacto de ello, porque el resto de los ramos los pasaba con 4 y con suerte), y sin más demora el lunes en la mañana me pidieron que fuera a reunión en la tarde. Cuando las cosas están destinadas a ser: son. Así de rápido. Fui, y daba la coincidencia de que llevaban mucho tiempo buscando a alguien del área administración, para ayudar con la administración de la escuela en Malamulele, un pueblo sudafricano en la frontera con Zimbawe. La pregunta fue: te podrías ir mañana? Y después de las entrevistas de protocolo, del psicológico, en el que vi un cocodrilo que nunca había visto y que me tenía un poco asustada pensando en que me iban a calificar de loca; hoy me confirmaron. Me voy por un año, o más, a Malamulele.
La administración de la escuela es lo urgente, porque tienen la escoba. Pero la población cercana es un plano en blanco para comenzar con proyectos  de intervención y de desarrollo, en lo que algo tengo de experiencia. Ya tengo la cabeza llena de sueños y el corazón que me late a mil con ideas.
Por ahora, ponerme al día con las vacunas, sacar el pasaporte de nuevo, que el actual se me vence con la mitad de las hojas llenas de estampillas, ver lo de la visa, pasajes, charlas de inducción, todo lo más flash posible, para poder irme lo antes posible.
Feliz? Emocionada? Con ansias? De manera que no podría explicar.
Mi papá me regaló mi primer atlas a los siete años, y desde entonces que vengo planificando viajes para ir a "ayudar a la gente" (es todo tu culpa, Papá!!). África inevitablemente aparecía siempre como la primera opción, y después de veinte años de planificación, por fin empaco para África.
Dios es sabio, partí conociendo realidades de Chile que me impactaron y que fueron afirmando las "ganas de ayudar". Luego me tocó enfrentarme a una realidad más dura en Ecuador, realidades que te llenan de indignación y de energía para seguir luchando. A este viaje me fui con el miedo de descubrir que no me la podía, que esta vida que elegí es más fuerte que yo. Pero afortunadamente no fue así.
Luego India con esa pobreza que no da respiro y mis niños Birmanos con sus historias que aún me duelen y con sus sonrisas que aún me hacen vibrar de emoción. El punto es que trabajar en contra de la pobreza te afecta, las historias que vives, la miseria que ves día a día te afecta. Siento que he ido dando pasos graduales antes de encontrarme con el continente que estadísticamente lidera en pobreza y en inhumanidad.
No es que quiera hacer ranking, una historia desgarradora y escenas de pobreza que te rajen el alma encuentras acá en Chile, en América Latina, Europa y en donde sea, pero es necesario prepararse. Cuando esto no es algo transitorio, sino que es mi opción de vida, siento que es necesario. Y creo que Dios me ha llevado por los pasos necesarios para ir entendiendo con prudencia mi destino y la vida que ambos queremos para mí. He ido superando etapas de a poco, confiando en este amor que me mueve y que solo puedo llamarlo Dios.
Estoy feliz. Siento el apoyo de los que me aman, siento esa energía y me la llevo conmigo. La necesito conmigo.
Y así sigue el viaje a Ítaca, ese destino al que quiero llegar solo al final de mi vida. Mientras, como Ulyses, a disfrutar de este viaje que es la vida, y a convertir realidades en sueños.

http://maps.google.cl/maps?f=q&source=s_q&hl=es&geocode=&q=Malamulele,+Sud%C3%A1frica&sll=-35.675147,-71.542969&sspn=50.820941,113.027344&ie=UTF8&hq=&hnear=Malamulele,+Far+North,+Provincia+de+Limpopo,+Sud%C3%A1frica&ll=-23.079732,30.761719&spn=29.011206,56.513672&z=4