martes, 30 de septiembre de 2014

Del caos de Nueva Delhi a la paz de Ladakh (Parte 1)

Tengo un tema con las capitales. Por eso esta vez decidí quedarme unos días en Nueva Delhi. La ciudad es como cualquiera en India: caótica, sucia, hedionda, desorganizada, multitudes y con muchos edificios históricos interesantísimos. Pero acá, entre las distancias y el ajetreo, el cansancio gana y las visitas se cambian por tardes en el Main Bazaar conversando con el turista de turno que también se cansó de Delhi.




Sin embargo, hicimos dos visitas que vale la pena destacar (hablo en plural porque en Delhi me junté con el Pancho Museo, que por un mes se sumó a la odisea India).

De todas las historias políticas de todos los países del universo mundial, ninguna supera a la de India. Su política es como su nación: apasionada, compleja, diversa, emocionante, llena de búsquedas y de personajes que cuesta entender existan fuera de la ficción. Así que el paseo por la sede de Gobierno era para mí una necesidad. Aunque lo más emocionante del paseo haya sido encontrarnos con una paloma/loro, me gustó igual y era algo que tenía y quería hacer.



La otra visita es el Centro Cultural de Akshardam. No tengo fotos para mostrar porque las medidas se seguridad para entrar son similares a las de aeropuerto gringo, pero puedo contar.  Es un centro cultural que se terminó el 2005, iniciado por la voz inspirada de la actual reencarnación de un Gurú importante de la India (textual). El nivel de detalle constructivo de sus edificios de piedra, siendo el interior del principal de mármol; es el que yo pensaba sólo se lograba con esclavitud u opresión a la mano obrera. Pero se me olvidaba un tercer factor: los voluntarios inspirados por el Gurú. Y así fue como este centro cultural, que incluye una “sala de los valores” y un paseo en bote por la historia védica de India; se construyó con un detalle que marea. Búsquenlo en google para que me entiendan.

Sé que quedaron muchas cosas por ver en Delhi, y siendo ésta la tercera vez que paso por India, no puedo evitar el relajo de pensar que da igual que queden cosas pendientes. Sencillamente sé que a India voy a seguir volviendo.

Dejando el calor de Delhi atrás, partimos a Ladakh. El vuelo nos dejó en la capital actual, Leh, pero nos quedamos 15 kilómetros al sur de Leh, en la antigua capital de Ladakh, Shey. No pensé que fuera posible, pero sucedió: encontré un lugar en India que puede definirse con la palabra paz, y es Shey. Una villa diminuta encerrada por los Himalayas, con un valle de álamos y monasterios en las montañas hacia cualquier dirección cardinal. Nos quedamos en Bhoto Guest House. Thinles nos recibió "en las cabañas ruidosas", luego nos cambiaría a las "más tranquilas". Esto mientras servía un té de azafrán y costaba escuchar algo más que su voz. 



Compartimos luego las cabañas "más tranquilas" con Payal, una india criada en Alemania que trabaja de voluntaria en la “escuela de al frente”. Llegar todos los días a tomar el chai con ella fue genial. Escuchar sus historias, entre ellas la de la india rebelde que no aceptó el matrimonio arreglado por sus padres, conversar de la vida, conocerla y quererla, fue simplemente genial. Estuvimos algo más de una semana en Shey, decirle adiós fue una pena. Es lo inevitable de los viajes. Tener que constantemente decir adiós. 


Vistas desde la ventana de las cabañas ruidosas

Para terminar esta parte del blog, la anécdota de la tos. He estado con tos hace casi dos semanas. Aguantable, pero con la altura (Shey está a casi cuatro mil metros de altura) el ahogo se hacía desagradable. Ya que los antibióticos no hicieron nada, me fui al "Tibetan Medical Center". Dos doctores con pinta de todo menos doctores, me tomaron el pulso de la muñeca con tres dedos y así me dijeron todos mis síntomas (¡!). Me dieron la receta. Fui a pagar ($1450, casi 3 dólares!!). Luego me pasan al dispensario y ahí me dan las medicinas y tecitos en bolsitas separadas para mañana, tarde, noche. Cada bolsa con la cantidad de medicinas por vez dibujadas. La tos me bajó de inmediato!





domingo, 21 de septiembre de 2014

Érase una vez un reino

Llegué a Jaisalmer hartada. Decidida a que éste sería el último viaje. Que los años ya no me acompañan para intentos de exploraciones hippies y que si hay próxima que será con agencia. Cuatro horas y media de Madrid a Londres. Otras cinco de espera en el aeropuerto. La noche durmiendo en el avión rumbo a Delhi. Llegar en la mañana y esperar en el calor pegajoso de Delhi hasta las 17:30 para tomar un tren que en 21 horas me dejaría en pleno desierto. Llego al hostal, todo bien. Paseo por la ciudad. Bella. Exótica. Pero no lo suficiente para querer volver a viajar. Luego dormí. Desperté. Descubrí el fuerte de Jaisalmer.

Pareciera que en India todas las ciudades, de esas que visitamos los turistas, tienen el mismo comienzo. Érase una vez un reino. El Maharaja vivía en un palacio. Mandó a construir un fuerte y mandó a construir ése y aquél para sus hijos, su esposa, su amante o quien fuera.

Maharajas que dejaron sus caprichos plasmados en la arquitectura que aún permanece. Pasamos  millones de años evolucionando en hacer herramientas básicas más  funcionales, y de repente en sólo miles la evolución no sólo llevó a grandes construcciones, sino que a la estética. A plasmar caprichos de belleza en cada construcción que proviniera desde la realeza y desde las religiones, y en India, desde los Maharajas. Lo que hoy hacen las grandes empresas con hoteles o con rascacielos, donde también las dimensiones comparativas son relevantes. Aun así, pareciera que en estos tiempos el gusto exquisito del detalle más mínimo se quedó con Gaudí. Y son justamente esos detalles los que te absorben de los reinos legados de los Maharajas.

E India sólo comienza.

Jaisalmer, la ciudad de oro. Fue construida con pedazos de piedra amarilla que sacaban del desierto. La tallaban en forma de ladrillo y construían rematando con tallados que dejan la palabra paciencia atrás. ¿Cómo construyen hoy en día en Jaisalmer? De la misma manera. De la misma manera.





Alejándose más en el desierto, sin tanta opulencia, desde un pequeño palacio se observan las ruinas de una ciudad después de que el Maharaja expulsara a sus pobladores por no dejar que se casara con la mujer que él quería (cosas de amores, cosas de castas).



Y en Jodhpur, el fuerte sobre la montaña esconde los deleites del Maharaja. El lugar era tan lindo realmente conmueve. 




Además de un templo que mandó a construir para la reina, nada muy grande, pero eso sí, entero de mármol. 



Incluso el último Maharaja, antes de la independencia en los ’40, mandó a construir su palacio con arquitectos ingleses. Un palacio más moderno que aun así no deja atrás el detalle.



Y ahora, ¿si acaso quiero seguir viajando?

lunes, 15 de septiembre de 2014

India comienza en Madrid

India se respira. Nada más salir del aeropuerto, pelear con el maletero y enloquecer con el tráfico, y ya se respira distinto. Estoy en India.

Pero para comenzar India, es necesario antes hacer referencia a la escala de costumbre: Madrid. Madrid me encanta. Ritmo de vida, arquitectura, gente, barrios, comida, todo. Me encanta.

Cada esquina tiene su historia. Hasta el McDonalds de Carabanchel. “¿A que no sabes qué ocurrió acá?”, “¡¿En el McDonalds?!”, “Sí”, “¿Pues qué?”, “Un día un grupo de mineros del norte intercambió acá un montón de dinamita por un montón de hachís. Días después ocurre el 11M”. Y con historias en cada esquina y en cada cuadra, nos tomamos un tinto de verano con la luna llena saliendo del Puente de Toledo mientras pienso que Quevedo se equivoca, y que Madrid no tiene mucho puente para tan poco río.



Con la ligereza de ya haber recorrido Madrid, puedo disfrutar más de la ciudad. Pasear por El Retiro y simplemente estar en El Retiro. No escudriñar el menú, porque sé que lo que quiero son croquetas(*). Fotografiar las Puertas de Alcalá, sólo porque de casualidad pasé por ahí. Y descubrir esos bares de Carabanchel a los que nunca hubiese entrado de no ser porque una vez más, el Nacho se dio la lata de pasear a esta sudaca mientras le cuenta historias de Madrid (supongo que ésta es la parte en la que se hacen públicas las gracias al Señor Castellano amante de su Reinado de España, República jamás).



Con una pasada por el día en Pamplona para cambiar de ritmo, pasar a la lengua vasca y disfrutar de unos pintxos muy guay, termino mi escala imprescindible en Madrid.


 Y empieza India. Esta vez, una India de turismo, una que poco conocí la vez pasada que estuve acá. Pero con  la vibración de estas tierras azafranes ya incorporada, los pasos para nuevas aventuras ya tienen su huella.

(*)Croquetas: tubos de salsa blanca /bechamel más espesa de lo normal, con jamón, morcilla u otro, apanados y dando como resultado una delicia peligrosamente adictiva. 

sábado, 23 de febrero de 2013

Un año más


Aún no llevo un año viviendo en Rapa Nui. Con renuncia entremedio, el panorama pintaba a que no terminaba el año. Pero como siempre, la vida sorprende. Una llamada de una amiga con un dato de pega, un par de entrevistas al otro día, y “oti”: otro año más en Rapa Nui. 
Desde que salí de la U que no me he quedado más de un año en el mismo lugar. Siento que necesitaba un poco de estabilidad,  hasta ganas de comprar plantitas para la casa me dieron. Pero es raro. 

Otro año más en Rapa Nui, con su fenomenal internet, su luz continua y su abastecimiento constante de mercadería. Con esa libertad de los negocios locales que te obliga a vivir libre, a no depender de ningún horario. 



Hay que arreglárselas para hacer la vida más llevadera. Obligarse a terminar el día y recorres toda la media hora que tarda el llegar a una playa de arenas blancas, agua turquesa, palmeras y moai. O a compartir una copa de vino en estos restitos arqueológicos que hay por acá al lado del mar viendo el atardecer. 

Obligarse a convertir cada fin de semana en vacaciones. 


sábado, 9 de junio de 2012

Y puedo decir que he visitado los cinco continentes


Me faltaba Oceanía. Y partí por la Isla más alejada de todas las islas de la polinesia. Por la Isla más alejada del mundo entero. Y es que acá, en Isla de Pascua, realmente se siente eso que decía Neruda, eso de que “nosotros estamos rodeados únicamente de agua”.

Dicen que en cinco días conoces la Isla y al sexto te aburres. En cinco días podrás conocer los volcanes y los Moais más famosos. Claro, después de eso se acaban la fama y los highlights sugeridos por la Lonely Planet. Pero la Isla no se deja de conocer. Voy más allá de lo increíble que es ir conociendo esta gente y esta cultura polinésica, que no mira a Chile, mira hacia Tahiti, hacia Atearoa, hacia la Polinesia. La Isla se esconde y se va mostrando a través de sus colores. La misma ruta nunca es la misma dos veces, los colores de la Isla siempre están cambiando. Siempre te están dando a conocer un nuevo lugar. Hasta el mar, con el azul y el turquesa más intensos que he visto, se encarga de darte algo nuevo cada vez.

Los Moais son increíbles, no me canso de admirarlos. Pero son sólo un ápice de todo lo que esta pequeña Isla volcánica tiene para regalar. De toda esa historia mezclada con fantasía que marcan la vida de los Rapa Nui. La pérdida de tanta historia respaldada con evidencia obligó a los incrédulos a ir aceptando la fantasía. Acá los historiadores no pueden derribar lo que tildan de mitos y leyendas. Acá la gente se encarga de hacerlas realidad.

Los precios. Los precios son altos, ridículamente altos. Un plan de internet de 512 megabites sale más de 200 mil pesos. Un kilo de sal $1600. Un huevo $200. Pero para que las cosas sean caras primero debes encontrarlas. A veces el barco no puede desembarcar, la encomienda del avión no salió y las vitrinas empiezan de a poco a mermar. Hace poco se había terminado el pan. No había pan. No había harina para hacer pan. Pero a la vez, si bien es todo más caro, no hay mucho en que gastar. Acá caminas a todas partes. Si es más lejos siempre va a haber alguien que te lleva. Acá hay pocos negocios. El consumismo se va perdiendo. Y más maravilloso aún, acá no hay publicidad. Tu mente de a poco se va sintiendo más descansada. Es una diferencia en tu forma de sentir y vivir difícil de explicar. Es una sensación de libertad. Me gusta. Me gusta mucho.

Vivo en la calle Tuki Haka Hevari. Pero esa referencia no le dice nada a nadie. Vivo en la casa que arrienda la Ruty Huke, y entonces todos saben donde vivo. Porque acá todos se conocen.

Como siempre, de a poco conociendo más de cerca a la gente. De a poco atreviéndome a subir otro cerro. De esos muchos que hay acá y de ésos cuya cima cada vez me está gustando más alcanzar. Lo que no se dio de a poco es el enamoramiento por Te Pito o Te Henua, por el ombligo del mundo. Ese fue fulminante. El amor por Rapa Nui fue inmediato. Otro rincón del mundo que me ha flechado.  Y bastante.


sábado, 28 de abril de 2012

A la vuelta de la esquina, en Valpo.


Uno puede pasear por viarios rincones olvidados del  mundo, pero no necesitas ir tan lejos para encontrarte con escenas entrañables.
Caminando de noche por una calle de Valparaíso, camino al terminal de buses, me encontré con una de esas señoras que viven en la calle, o que pareciera que viven en la calle, de ésas que pasas por al lado sin saber su historia. Estaba prendiendo un brasero. Con un cartón avivaba el fuego que la abrigaría para sobrellevar la fría noche porteña.
Frente a ella, a un metro de su brasero, un borracho. Un borracho al que sin conocer describiré como un viejo simpático y bonachón. Sólo porque se me da la gana. Sólo porque hace falta inventarse razones para creer en gente linda.
A un metro de distancia el viejo borracho hinchaba sus pulmones con esfuerzo, los llenaba de aire y con más esfuerzo soplaba tan fuerte como podía. Soplaba para avivar el fuego en el que la vieja vagabunda con ahínco trabajaba.
Soplaba y soplaba el borracho. Su obra de caridad. No tenía cuenta bancaria para pasar fondos a alguna ONG. Tenía pulmones. Y se los gastó soplando y soplando para que la vieja vagabunda tuviera calorcito en la noche. Soplaba y soplaba porque para tener corazón, me invento yo, basta con tener pulmones y aire que soplar.



martes, 10 de abril de 2012

El Padre Gabriel.




Con cuidado le sirvió el vino en su vaso. No mucho, que el doctor lo había prohibido por sus más de noventa años. Esas ridiculeces con las que salen los doctores de repente. 


Le sonrió y le dijo "Good, boy! Good, boy!". El Padre Gabriel no era una persona que sonriera mucho. No era una persona que sonriera en lo más mínimo. Pero cuando le servían vino la sonrisa se escapaba sola. 


Su corto genio no era la única razón por la que no se podía conversar con él. A los noventa y tantos sus oídos no lo acompañaban y su marcado acento inglés no era fácil de descifrar entre los pocos dientes que le quedaban. Aún así, la razón más fuerte por la que no se podía conversar con él era tan fuerte como lo era su olor. Un inglés que nunca marcó su vida con hábitos de aseo, no la iba a marcar de viejo.


Estuve un mes compartiendo con él en la misión de Saint Joseph en Swazilandia. A la semana de olerlo y verlo con la misma ropa, se lo comenté a otro de los padres de la misión. Una risa fuerte y una mirada de niña tonta me respondieron. "¿Una semana? Lleva meses sin cambiarse de ropa!". Sus uñas eran un poco más cortas que sus dedos, la silla de ruedas en la que se desplazaba olía a orines y literalmente era imposible estar con él en un espacio cerrado. La marca del miércoles de ceniza le duró más de una semana en la frente.


Testarudez irrefutable. A la enfermera que le contrataron para que lo asistiera la sacó a patadas. Y por patadas quiero decir patadas. Para qué enfermera? Si él se las puede arreglar por sí solo. Y ese arreglárselas por sí solo es simple: ni asearse ni cambiarse de ropa. 

¿Cómo un huérfano inglés que se dio paso en la vida trabajando como trapecista y caminando en la cuerda floja en circos llegó a convertirse en pastor anglicano? No lo sé. ¿Cómo este pastor anglicano llegó a trabajar en una misión católica en Swazilandia? Menos.


Yo sólo conocí a un viejo hediondo y gruñón, que se pasaba las tardes mirando a los niños jugar y que casi dejaba salir una sonrisa cuando estos se acercaban a saludarle. Yo no conocí a ese jovial tipo alto de ojos destellamente azules al que recordaban con tanto cariño. Ese que calmó las lágrimas de Tandi, las que no salieron con la golpiza del marido y quedaron para después, con una botella de vodka en una mano y un abrazo en la otra. Ése que en mitad de la noche se levantaba para arreglar tuberías rotas. Ése que se pasaba tardes enteras jugando a la pelota.


A ése del que hablan con tanto cariño, yo no lo conocí. Sólo conocí la nostalgia que patentaba en sus ojos gastados. Ésa que le queda a los hombres de gran corazón (a pesar del mal olor).