lunes, 7 de noviembre de 2011

JAPI BERDEI!

Treinta años. Treinta años bien viajados, treinta años bien logrados. Treinta años armando, deshaciendo y volviendo a armar ideales. Treinta años tratando de vivir acorde a esos ideales. Treinta años soñando con África. Treinta años cumplidos en África. 

Acá se acostumbra baldear con agua al cumpleañero, pero el agua cayó del cielo y la lluvia me salvó de que me persiguieran con baldes. Eso sí, llegué preparada al colegio con una mega pistola de agua en caso de que de todas formas apareciera algún chistosito con un balde. 

Con las hermanas celebramos en casa el domingo, que es el día en que nos reunimos todos, aprovechando de que el Emilio con la Joja todavía estaban acá. Bien regalada y bien festejada por adelantado.
Después de salir invicta de los baldes de agua en el colegio, empezó una tarde de cumpleaños muy distinta y definitivamente, muy especial. 

Celebré con Nyiko, con Maneka y con Joshua. Los tres peques de Rhulani que me sorprenden cada día. Los tres peques que se encargan de arrancarme esperanza desde donde estaba algo perdida.
Los invité a almorzar. Nos reímos todo el almuerzo. Luego llegó Ignacio que nos regaló helados, y simulando que las cucharas eran velas, me cantaron el JapiBerdei.

Pero el JapiBerdei más lindo que me han cantado vino después. Pasamos a buscar una torta, y partimos a Rhulani. Reunidos en la casa de Nyiko y de Maneka junto a los niños, las niñas y mis viejas del inglés, con un día medio lluvioso que no nos importó, cantamos y jugamos largo. Como es tradición, todos nos pintamos la cara con la crema de la torta, y una vez que estábamos todos  glamorosamente maquillados, empezó el JapiBerdei tu yu. Con un acento exquisito, con un coro exquisito y con un cariño más exquisito aún. Sólo sé que ese momento, en el que me cantaban, fue uno de esos que quedan en la lista de los momentos más felices de tu vida. 

Bombardeamos la torta para que a todos nos alcanzara un pedacito, y alcanzó. Seguimos cantando hasta que me cansé el chuchuá y el tallarín, versión “chantamente” traducida al inglés por su humilde escritora. 

Llegué a la casa para encontrar a la Thembi y a la Tariro que me dieron el último abrazo. Y así terminó un día que sin mucho barullo, y pecando nuevamente de cursi, fue un día definitivamente muy especial. 

Amukela makume narru malembe!!!
(Bienvenidos treinta años!!!)

martes, 11 de octubre de 2011

A pata pelá.



Ya he contado que acá en Xithlelani los niños andan descalzos por la vida porque les encanta. Hasta yo, dándomelas de hippie, me saco los zapatos y atravieso la villa a pata pelá. Todos se ríen de mí, pero yo me juro shangana, me falta el Xibelani y el balde de agua balanceado en la cabeza. 

Para jugar fútbol es lo mismo. Algunos niños llegan con zapatillas, pero mientras juegan ves que aparte de la pelota, las zapatillas también salen volando.  Y mis niñas del básket, todas a pata pelá, así que obligada a quemarme los pies en el cemento para no ser menos. 

En India, los choferes de rickshaws, el carrito ese que arrastran corriendo con pasajeros, andan  a pata pelá. El calor es tan grande, que si usan zapatos o chalupas, la goma se les derrite en el camino, lo que les impide realizar prolijamente su  digno trabajo, que es el de ser caballos humanos (literalmente, eso significa rickshaw). 

Piececitos de niño, azulosos de frío, cómo os ven y no os cubren, Dios mío!?  Recitaba Gabriela Mistral. Porque claro, una cosa es andar a pata pelá donde hace calor y por gusto, otra es con frío y sin opción.Mi  amiga Natalie de Inglaterra, vivió sus años de juventud en plena década de los sesenta. Le pregunté un día que tan hippie había sido, más allá de las creencias filosóficas de la vida, claro está. Me dijo que no mucho, que sólo se dejó el pelo muy largo y que se negó a usar zapatos por un año. Y en Inglaterra hace frío. Pero dudo que si la hubiese visto a pata pelá deambulando por la gélida Inglaterra, hubiese cubierto sus piececitos azulosos de frío. En vez, me hubiese unido a su causa, cualquiera fuera ésta (la cosa es unirse a la causa) y así sin zapatos haber recorrido las perfectas y frías calles inglesas. 

En Tuncarta, en las glaciales alturas andinas ecuatorianas, las Quichuas ancianas andan también a pata pelá. Con un magno callo protector, pero a pata pelá. Y los caminos de los cerros de Tuncarta no son ni muy amistosos ni muy llanos. 

Me estoy empezando a convencer de que los zapatos no son más que otro invento capitalista, otra necesidad inventada por el comercio para que los magnates imperialistas puedan vivir a expensas de nuestras mentes inocentes y manipuladas por la publicidad mercantilista.

En Tailandia, el respeto dicta que los zapatos se sacan antes de entrar a cualquier casa, templo o recinto que no sea calle. Tradición a la que me acostumbré tanto que una vez me saqué los zapatos antes de subirme al auto. Ahora convencida de que los zapatos son sólo un invento capitalista (hace unas líneas sólo lo creía, ahora estoy convencida), no hubiese vuelto por los zapatos que dejé fuera del auto. 

En mi súper dúper lucha personal anticapitalista ya dejé de comprar cualquier cosa marca Nestlé y voy avanzando cada vez más en dejar la Coca Cola, por ser éstas, dos empresasque se están robando el agua en África (dentro de otras cosas). Hace rato que dejé de echarle bencina a mi auto en Shell, lo que me salió bien fácil porque nunca he tenido auto, pero digamos que por principio al menos. Me rehúso a ser cómplice de los abusos de Shell en Nigeria. Intento dar preferencia a los pequeños comercios en vez de a las grandes y abusivas cadenas comerciales (excepto cuando hay liquidación). Y ahora, he de continuar mi lucha con la revolución en contra de los zapatos. Una revolución en la que no estoy sola, hasta la Shakira me auspicia. No por nada nombró a su fundación de caridad de benevolencia caritativa “Pies Descalzos” (yo mejor le hubiese puesto “Pata Pelá”, pa’ que sea un nombre más cercano, más del pueblo). 

Así que os invito, compañeros y compañeras!A no dejarnos llevar por las manipulaciones del frívolo mercado. A ser libres! A unirse a la causa y vivir la vida: a pata pelá!

PS: Mis alpargatas no entran en la categoría de zapatos capitalistas, así que las puedo seguir usando.
PS: Probablemente cuando vuelva a Chile y me toque ir a una entrevista de trabajo usaré zapatos, pero odiaré al imperialismo por obligarme a hacerlo.
PS: Sin necesidad de caer en fanatismos moralistas, si es que vemos a un niño con los piececitos azulosos de frío, cubrámoselos con un par de zapatitos, pues!




martes, 4 de octubre de 2011

From Malamulele, aguein.


Los días siguen siendo lo mismo. La rutina parte en la mañana con las monjas tocando la bocina porque voy saliendo atrasada. Luego las clases de matemáticas. Los monstruos siguen siendo monstruos. Volver a la oficina, corregir tareas, cuadernos, papeleo, papeleo, preparar las actividades de Rulani y partir al campamento. Me voy con Nyiko hasta su casa y de ahí a la salita en la que hacemos clases de inglés. Ineedyou (así se llama este peque de tres añitos) sale puntualmente corriendo para darme un abrazo. Hacemos la clase, terminamos, me voy caminando a la casa, por el camino alguien me hace una declaración de amor o me pide matrimonio, llego a la casa, espero a que las monjas terminen de rezar y nos vamos a cenar.  El viernes un poco distinto, son los niños de Rulani los que van al colegio a jugar.

Y así pasan los días. Nada nuevo que contar.

Pero dentro de esta rutina siguen pasando cositas que se pueden tildar de insólitas, al menos por esta mulungu.

Acá las mujeres no tienen pudor con sus pechugas. Son las caderas las escandalosas. En una clase en Rulani la Tina, la hija de la Rose, lloraba y lloraba, así que la Rose se sacó la pechuga para usarla de tete. Cuando la Tina se calmó a la Rose se le olvidó guardarse la pechuga y así siguió. Luego Hlaisani también se puso a llorar y la Lucy con la misma idea y el mismo descuido quedó con otra teta al aire. Luego apareció la hija mayor de la Florence que fue a pedirle plata, la que Florence sacó de un bolsito que tenía colgando del cuello debajo de la polera y otra más que quedó con las dos tetas al aire. Y ahí seguí yo, enseñándoles “this is the window” mientras tenía a la mitad de la clase con las tetas al aire sin que nadie se inmutara.

Para el básketball ahora tenemos más pelotas para entrenar con las niñas. Así que ya no tengo que dejarlas en línea para que practiquen darle bote a la pelota diez veces y luego la que sigue y la que sigue. Han avanzado bastante. Antes los partidos eran correr de un lado para otro gritándose y quitándose la pelota con leve agresividad. Ahora dan un bote de vez en cuando y hasta se ven un par de pases. Claro que siguen fuera de forma, se me cansan rapidito y sin más en pleno partido se acuestan en medio de la cancha para descansar un poquito, mientras sus compañeras, muy respetuosas, se preocupan de hacerles el quite para no molestar mientras siguen jugando.

Estoy harto más fluida con el Xi-tsonga, lo que a mis alumnos no les gusta mucho porque ya no pueden pasar todos sus comentarios inadvertidos. A la vez,  me ha permitido acercarme más a la gente de la villa que no habla inglés y que se esmera en ir enseñándome y corrigiendo.  La lata es que no falta el que se larga hablándote jurando que le entiendes todo y que se enoja porque resulta que no estás haciendo lo que te están diciendo. Y ahí quedo con cara de mensa diciendo “a ndzi twisisi”, “no entiendo”.

Me está empezando a gustar el pap. Es que cuando hay funerales (el  más importante de los eventos sociales) o fiestas de algún tipo, siempre te dan la misma comida. El pap con salsa de tomates y cebolla, repollo, zapallo, pollo, chakalaka y con tanta cosa exquisita el pap se encuentra rico, rico. Lo único es que acá se sirven los platos más monstruosamente gigantes de comida, jamás he logrado terminarme ni un cuarto del pap que me dan.

En India entendía que las vacas anduvieran felices de la vida por donde se les diera la gana porque son sagradas. Y aunque acá hay mucha gente de la India, las vacas no tienen por donde sacar pasaporte de sagradas, pero de todas formas andan por donde se les da la regalada gana. En medio de la calle, metiéndose al jardín del colegio, haciendo escándalo a las tres de la mañana al lado de tu ventana, sin más explicación que el caos.

Ahora estoy en Johanesburgo, viaje flash para ir a buscar dos nuevas voluntarias checas que vienen por un año. Tal vez agregue nuevamente a la rutina del día los partidos de canasta después de la cena. Por suerte vivo con las monjas para que me mantengan por el buen camino, porque con tanto carrete, quien sabe dónde podría terminar la pobrecita de mi alma.

Y hablando de carretes,  y para terminar, tengo que resarcirme y admitir que los zimbabweños hacen buenos asados. No superan los asados de mi hermanito, pero tengo que admitir que se manejan.

Ndzi ta ku vona, bangana wa mina!

sábado, 23 de julio de 2011

Reporte 2 de África: De vuelta al colegio

Solía pensar en la suerte que tienen los profesores, porque a ellos les toca la misma cantidad de vacaciones que a los alumnos. Ahora que tuve las tres semanas de vacaciones por término de trimestre, creo que no son suficientes!


Fueron tres semanitas de vacaciones y estuvieron bien aprovechadas. Caminando por la villa, visitando a los amigos, durmiendo hasta tarde (tan rico que es dormir sin despertador!) y logrando que la Kensani Fernández me deje hasta tomarla en brazos sin llorar. Cuando llegué, Kensani, de solo tres añitos, lloraba sólo con verme. Le tenía  miedo a la “mulungu” (blanca), o a cualquier mulungu en realidad, pero después de tantas invasiones a la casa de los Fernández, ya se acostumbró. Ahora hasta me conversa en shangán. Claro que la Nkateko me tiene que traducir la mitad de la conversa, pero mi shangán ha avanzado lo suficiente para entender que me manda a buscarle agua, “Ndzi kumbela mati”, a buscarle una silla, o que le traiga medicina si es que se manda media tosi’a, la alharaca. Hasta me dice “penga wena!”, la patu’a (“loca, tú!”).

Como si fuera poco, además de todo este descansito, me tomé una semana y un día para ir a Johannesburg. Conocí a una familia chilena que vino a visitarnos a Malamulele, y  aunque no me guste darle la razón a algunos que me tratan de nacionalista exacerbada, tengo que decirlo: PUCHA QUE SOMOS BAKANES LOS CHILENOS!!

Los Subiabre Mardones se pasaron. Partiendo porque la primera noche nos estaban esperando con Pisco Sour, y terminando porque invitando a más chilenos, todos bakanes por supuesto, hicimos un asadito a la chilena, o sea, un asadito de verdad, acompañado de un buen Pinotage sudafricano. He quedado al descubierto, golosa y alcohólica. Pero contenta, Señor, contenta.

Lo mejor fue esa sensación de familia, de casita. Me encantó conocerlos más y compartir con ellos. Los SM nos regalaron días muy lindos, son una familia genial. Fuimos a museos, cuevas, a un parque donde pude jugar con cachorros de león blanco (WOW!), y aprovechando esto de estar en la ciudad, fuimos al cine a ver Harry Potter. Me la lloré toda, entre que me emocionaba la película y entre que me daba pena que a la saga de Harry le dieran un Petrificus Totalus definitivo.

Dije una semana y un día, porque el lunes 18 de Julio fue “Mandela’s day”. A nivel nacional se celebra el cumpleaños de Madiba. Por lo mismo hubo muchas actividades en su nombre, y yo me ilusioné pensando que podría presenciar un discurso de una de las personas que más admiro. Pero nada, Madiba sólo celebró con su familia en su casa y no me invitó. Estoy tan segura de que si nos conociéramos seríamos grandes amigos, Madiba y yo.

Como todo viaje, por pequeño que sea, no está completo sin la vuelta. El trabajo administrativo del colegio, redactar proyectos y demases, me esperaban con el mismo entusiasmo tan cachilupy de siempre. Fueron mis monstruos de séptimo los que me dieron la gran sorpresa. Como no estuve los primeros días de clases, el lunes por Mandela’s day y el martes por el viaje de vuelta con el chofer que nos tuvo escuchando sermones evangélicos a todo volumen (prefiero que me revienten los oídos con música shangana); parece que mis alumnos pensaron que yo no les haría más clases, y con ese susto me recibieron portándose como angelitos y recordándome una y otra vez lo mucho que quieren aprender matemáticas conmigo. Serán los más grandes del colegio, pero aún son niños, me gusta cuando esa inocencia les sale a flote. No sé cuánto les irá a durar, pero debo reconocer que me emocionaron los monstruitos,  al darme cuenta que dentro de todo me quieren.

La otra sorpresa que me encontré fue en Rulani. Un campamento de refugiados que lleva alrededor de veinte años en las afueras de Malamulele. Gente que escapó de la guerra civil en Mozambique en su tiempo y algunos refugiados zimbaweños. Empecé a visitar el campamento hace poco. A duras penas armé un grupo de mujeres que quieren aprender inglés, con la inconstancia y desaliento que tiene el empezar un grupo de cero. Por lo mismo tenía miedo de que dejando los talleres por una semana hubiese que empezar con los esfuerzos de cero otra vez. Pero como nunca, llegaron todas con sus materiales y con las pilas bien puestas. Por fin organizamos el grupo con una delegada, asistente, y dejamos lista la primera actividad que haremos fuera de las clases. Que no es más que limpiar la sala en la que hacemos los talleres, pero al menos eso implica que se tienen que organizar para ver quien trae qué, la hora, a quien le van a pedir ayuda, etcétera, etcétera. Pequeños esfuerzos que espero sirvan para ir creciendo.

Los que nunca pierden una gota de entusiasmo son mis mini futbolistas, esperando puntualmente a que me los lleve en la backy, la camioneta año milenio pasado que aperra en todas, para entrenar en el colegio. Cuando terminan y me los llevo de vuelta a Rulani, cantan a todo pulmón “Olé, olé, olé, oléeee…”, para que todo el campamento se entere de que han llegado ellos. Y para no dejar a las niñas de lado, por primera vez tuve entrenamiento con ellas.  Sí, yo las estoy entrenando, nada más y nada menos que en básquetbol. Recordando las pichangas de la tarde en el colegio o en el patio de la casa de mi compadre. Recordando con la paciencia con la que Manri, Rorro, Feño y Magofke trataron alguna vez de enseñarme básquetbol. Debo decir que no estaba tan oxidada, le apunté a todos los tiros (bueno, casi). Así que ahí estoy, esperando a que mis niñas revivan la gloria de la selección de básquetbol del IVºA La Salle Temuco ’99 (tremendos talentos que se perdió la NBA).

De vuelta al colegio. De vuelta al pasivo caos de Malamulele. De vuelta al cariño de las familias de Xithlelani. De vuelta al trabajo que se viene con Rulani. De vuelta adonde supongo es donde debo estar, porque como dicen Los Beatles: “There’s no where you can be, that isn´t where you are meant to be… it’s easy…”

domingo, 3 de julio de 2011

Mi teoría sobre los extraterrestres.

Tengo una teoría. Una teoría de la que siempre me acuerdo cuando pierdo la esperanza en la humanidad.
Alguien dijo sobre Gandhi: “He offered the world a way out of madness, but he doesn’t see it, neither does the world”. Y creo que Gandhi no es el único ser humano que ha ofrecido al mundo una alternativa a esta locura desenfrenada en la que vivimos. Entonces, si el ser humano no se la puede, los extraterrestres entran en acción.
Cuando este planeta tan jodido no te deja espacio para tener esperanza en la humanidad, no puedo más que encontrar brillante mi teoría. Mi teoría es que nos van a invadir los extraterrestres. Pero esta invasión nada tiene que ver con las películas taquillas de Hollywood. Mi teoría es que para que llegue otra especie a nuestro planeta a invadirnos, ha de ser esta especie muy inteligente. Tan inteligentes son estos extraterrestres invasores, que para ellos es obvio que las guerras, el consumo indiscriminado, la apariencia y el abuso no llegan a nada y no te hacen feliz. Entonces, esta especie con inteligencia superior, nos invadirá mostrándonos el verdadero camino para la felicidad. Compartir, pedir las cosas por favor, decir gracias, all you need is love, amar a tu prójimo como a ti mismo, y otras de esas verdades que por fin serán reveladas a la  humanidad.
(Asumo que estos extraterrestres son inteligentes, pues para atravesar la galaxia a invadir otro planeta o hay que ser muy inteligente o hay que tener la suerte que tuvo Colón. Si es la segunda, mi teoría se jode).
Y teniéndole fe a los extraterrestres que están por llegar, me duermo tranquila pensando que Gardel se equivoca y que este mundo fue una porquería, pero no siempre lo será.
(Ahora, hay momentos en los que me confundo y vuelvo a creer un poco en la humanidad. Como cuando me acuerdo de mis niños. De las risas de mis niños birmanos. Si ellos, con todo lo que a cada uno le tocó vivir, pueden reír. Cuando Nyiko en vez de jugar con sus amigos en Rulani, se da el tiempo de enseñarle los números a su amigo sordomudo. Cuando Ndzalama llega a pedirme perdón después de que lo echo de la sala de clases diciéndome “Teacher, I promise, I will be good now”, y efectivamente el monster cumple su promesa y empieza a portarse bien (¡!). Cuando Ítalo adquiere el hábito de ducharse casi todas las mañanas. Entonces, hay momentos en los que vuelvo a tener esperanza en la humanidad).

sábado, 28 de mayo de 2011

Un Día en Thohoyandou

Como ya había contado, Malamulele sólo llega a categoría de pueblo, por lo que hay veces en las que es necesario partir a la ciudad por algunas cosas. Así que un sábado cualquiera, partimos en la backy, nuestra leal y destartalada camioneta, con las checas, Saša y Kristina, e Ignacio, a “la ciudad”, a Thohoyandou, sin saber que después de hacer las primeras compras partiría la más emocionante, aterradora, disparatada y agonizante aventura que se pueda contar: Ir al baño.
Todo partió con las inocentes ganas de Saša de ir al baño, que pronto se me contagiaron. Así que fuimos al baño del Shopping Center. Pero, oh, oh… Cerrado. Segunda opción, partir a un restaurant, a uno bien decente, pero de nuevo, oh, oh… Cerrado. Ocurría que en forma nada inusual, el agua estaba cortada en toda la ciudad. Como la lógica no supera las ganas de ir al baño, seguimos buscando restaurantes esperando que alguno tuviera la puerta del baño sin llave. Pero otro restaurant, otra llave en la puerta.  
Cada paso nos hacía sentir la agonía de nuestras vejigas llenas de orina. Cada gota de transpiración nos hacía odiar al sol que las provocaba. Cada comentario de Ignacio “típico de minas que van al baño a cada rato” nos hacía detestarlo más y más.
Seguimos la búsqueda en cada restaurant e intento de restaurant que encontramos, dispuesta a comer Pap con tal que nos dejaran usar el baño. Pero nada. Llegamos a una estación de bencina, y la respuesta fue la misma. Pero la ira checa se apoderó de Saša, y el guardia escuchó sus quejas sin inmutarse para contestarle “sería mejor que fueran hombres, así les sería más fácil ir al baño”. Con esto la ira checa contagió a la chilena y el guardia al fin terminó al menos, dándonos la locación de un baño público. El olor guió nuestro camino. Llegamos con la esperanza de que nos dejaran pasar. Sin sorpresa, el agua estaba cortada, pero los baños no tenían llave, es más, ni siquiera tenían puertas. Y como si fuera poco, para entrar había que pagar. Pagar por ese baño, ESE baño, el más terrible de todos los baños, y eso que en baños huácalas con orgullo puedo decir que tengo experiencia; pero como ya dije, las ganas superan la lógica: pagamos.
Entramos con la nariz tapada. Entramos para encontrarnos a las viejas sentadas, porque recuerden que no había puertas. Entramos para encontrarnos los wáteres repletos de confort usado y de “otras cosas”. Entramos para dar término a casi una hora de búsqueda, de sufrimiento, de desesperación y desesperanza. Entramos para dar a nuestras vejigas el alivio que buscaban.
Como a Ignacio nos acompañó en toda la travesía, cuando se le ocurrió que quería ir a un bar a tomarse una cerveza, no nos quedó otra que seguirle el paso. Se consiguió el dato de un bar y partimos de nuevo, y aunque andar en búsqueda de una cerveza es mejor que andar en búsqueda de un baño, regañamos todo el camino: que el bar iba a estar lleno de borrachos, que iba a estar cerrado, que la cerveza iba a estar tibia, que lo más probable era que el barcillo este, el Koroni, ni existiera, la cosa era regañar. Jamás, jamás, pero es que jamás pensamos que llegaríamos al paraíso al que llegamos. Era el bar de un hotel cinco estrellas!!! (en realidad eran solo tres, pero después del baño público al que fuimos parecía de cinco). Y SÍ tenían cerveza, helada, rica, en una silla con sombrita, al lado de la piscina. De la piscina!
Nos tomamos las cervezas con ganas, con hartas ganas. Y adivinen que pasó después de tanta cerveza: nos dieron ganas de ir al baño. Pero el baño del bar era limpio, olorocito, tenía confort y tenía agua, se tiraba la cadena, y tenía hasta de esas cositas que secan las manos con airecito calentito después de que te las lavas.
Fue un día para no olvidar. Creo que ahora no importan las vicisitudes que me traiga la vida, siempre recordaré aquel día en Tohoyandhou y pensaré que no importan las agonías y traiciones de la vida, después de la tormenta siempre sale y brilla el sol (y brilla mucho más, si se acompaña de una cervecita).

sábado, 30 de abril de 2011

Primer reporte africano.


Ya va un mes en este perdido rinconcito sudafricano de la provincia de Limpopo llamado Malamulele, que aunque es pequeño, permítanme contarles que tiene categoría de pueblo, no de villa. ¿Por qué? Pues porque tiene un Kentucky Fried Chicken, y con eso ya somos pueblo, qué mejor indicador para categorizar un lugar?Claro que las peluquerías, restaurantes y mercadillos callejeros con todo el estilo que cuatro palos y un toldo de plástico pueden aportar, siguen vigentes.
La que no tiene categoría de pueblo, y que sigue en su adorable ranking de aldea, es Xithlelani. A una hora caminando, o a 15 minutos en auto (el que ya manejo y por la izquierda, siempre mucho mejor con las izquierdas, no?), está esta aldea con calles de tierra y llena de contrastes en sus construcciones. Mientras está plagada de “pintorescas”casas redondas con sus techos de paja, también ves muchas casas con un pretencioso estilo kitch de mansiones, con pilares, columnas y que perfectamente encontrarías en un barrio alto capitalino. Cuando los familiares migran a las grandes ciudades, mandan plata que las familias usan para sus lujosas casas en los suelos de tierra roja de Xithlelani. Al menos ésa es la explicación que me dieron cuando pregunté por esta notoria diferencia.
Pero sin importar como sea la casa, todo el mundo te saluda, en Xithlelani y en Malamulele. De a poco los saludos a extraños son menos y empiezan a ser más saludos a conocidos. Los niños saludan preguntando en forma interminable “How are you?”, sin importar cuantas veces respondas “Fine, and you?”. Aún lo encuentro adorable, a ver si pienso igual en unos meses más, jeje. Y los más traviesos solo te apuntan y te gritan “Mulungo, mulungo”, que quiere decir, “Blanca, blanca!”.
En Xithlelani los niños se ríen de las diez palabras que me sé en Xi-tsonga y se ríen porque soy narigona. Se ríen porque miraste para el lado, se ríen porque te moviste o sólo te apuntan y se ríen, cualquier excusa sirve para soltar una risa. La risa se da tan fácil. Una risa vibrante, no con la timidez de la risa india o la quichua, no es picaresca como la guayaca o la chilena, es vibrante y fuerte, con ritmo. Todas ellas atesorables, pero  me encanta como en las risas de los niños puedes ir encontrando una caracterización de la gente de un lugar (o de repente yo me lo invento, pero da igual, mientras sigan las risas, da igual). 


De esas cosas entrañables que te hacen el día. Están el “Hello” y que te respondan “Fine and you”. Está las señora del supermercado que llevaba su carro semi vacío, pero una gran bolsa de papas balanceada en la cabeza (la de cosas que pueden llevar en la cabeza!).Y están los dos accesorios más relevantes de la mujer Malamulesense: la peluca y la toalla. La toalla es multiuso, se usa para llevar la guagua a la espalda, se usa de falda, se usa de poncho si hace frío. Y las pelucas. Como a las africanas no les crece el pelo, muchas usan extensiones o pelucas. El pelo de una barbie es menos sintético que algunas pelucas. Y las hay con “estilo propio” (digámoslo así para mantener la diplomacia). Varias veces me han preguntado dónde compré mi pelo.
No me ha tocado comer nada raro aún, pero se vienen los saltamontes fritos y el guiso de gusanos, que de todas formas, no me quejo si no me toca probarlos. Y el “pap”, una cosa de polvo de maíz que parece puré de papas pero que es como un engrudo y que no sabe a nada. Pero aunque no sabe a nada, después de la cuarta cucharada, cuesta seguir tragándolo (por cuchara entiéndase que también puede ser la mano). Y es LO que comen por acá a toda hora. Prefería el interminable arroz de Ecuador.
Con el xi-tsonga voy avanzando, pero hay palabras que me tienen en desafío. Como “Mabele” que significa maíz, pero “Mabeele”, significa teta. La cosa es que olvido cual es cual. O “Fuchela”, que significa visitar, pero “Fuchela” significa tirarse un peo, así que da un poco susto decir que vas a visitar a alguien. Para ellos hay una clara diferencia de pronunciación, será que tengo pap en los oídos, porque no la distingo. La que sí pude diferenciar es guagua de tomar. Una es Nwana y la otra es N’wana. Queda clara la diferencia, no?
Ah! Y por último: he ido a misas. A varias. Aunque mis razones no son muy católicas. Voy por esa masa de voces negras que cantan a capela en Xi-tsonga. No se me ocurren palabras que no sean siúticas para describir la sensación que te da escuchar los cantos de las misas. Y fui a un bautizo masivo. Ojalá fueran todos así! Gritando, aplaudiendo, cantando con cada persona que bautizaban. Y en el baño de agua en la cabeza, claro está, salió una peluca volando, cosas que pasan…
Las experiencias de trabajo en la escuela y en la villa las dejo para más adelante, así hay más que contar, que ahora estamos solo empezando. Tomando la cosas con calma, que acá la gente vive sin stress y para seguir estresada, mejor me quedaba en Santiago, no?
PS: En Xithlelani hay un Bao bab. Una pena que El Principito haya tenido que arrancarlos de su pequeño planeta, porque son hermosos!!