sábado, 23 de julio de 2011

Reporte 2 de África: De vuelta al colegio

Solía pensar en la suerte que tienen los profesores, porque a ellos les toca la misma cantidad de vacaciones que a los alumnos. Ahora que tuve las tres semanas de vacaciones por término de trimestre, creo que no son suficientes!


Fueron tres semanitas de vacaciones y estuvieron bien aprovechadas. Caminando por la villa, visitando a los amigos, durmiendo hasta tarde (tan rico que es dormir sin despertador!) y logrando que la Kensani Fernández me deje hasta tomarla en brazos sin llorar. Cuando llegué, Kensani, de solo tres añitos, lloraba sólo con verme. Le tenía  miedo a la “mulungu” (blanca), o a cualquier mulungu en realidad, pero después de tantas invasiones a la casa de los Fernández, ya se acostumbró. Ahora hasta me conversa en shangán. Claro que la Nkateko me tiene que traducir la mitad de la conversa, pero mi shangán ha avanzado lo suficiente para entender que me manda a buscarle agua, “Ndzi kumbela mati”, a buscarle una silla, o que le traiga medicina si es que se manda media tosi’a, la alharaca. Hasta me dice “penga wena!”, la patu’a (“loca, tú!”).

Como si fuera poco, además de todo este descansito, me tomé una semana y un día para ir a Johannesburg. Conocí a una familia chilena que vino a visitarnos a Malamulele, y  aunque no me guste darle la razón a algunos que me tratan de nacionalista exacerbada, tengo que decirlo: PUCHA QUE SOMOS BAKANES LOS CHILENOS!!

Los Subiabre Mardones se pasaron. Partiendo porque la primera noche nos estaban esperando con Pisco Sour, y terminando porque invitando a más chilenos, todos bakanes por supuesto, hicimos un asadito a la chilena, o sea, un asadito de verdad, acompañado de un buen Pinotage sudafricano. He quedado al descubierto, golosa y alcohólica. Pero contenta, Señor, contenta.

Lo mejor fue esa sensación de familia, de casita. Me encantó conocerlos más y compartir con ellos. Los SM nos regalaron días muy lindos, son una familia genial. Fuimos a museos, cuevas, a un parque donde pude jugar con cachorros de león blanco (WOW!), y aprovechando esto de estar en la ciudad, fuimos al cine a ver Harry Potter. Me la lloré toda, entre que me emocionaba la película y entre que me daba pena que a la saga de Harry le dieran un Petrificus Totalus definitivo.

Dije una semana y un día, porque el lunes 18 de Julio fue “Mandela’s day”. A nivel nacional se celebra el cumpleaños de Madiba. Por lo mismo hubo muchas actividades en su nombre, y yo me ilusioné pensando que podría presenciar un discurso de una de las personas que más admiro. Pero nada, Madiba sólo celebró con su familia en su casa y no me invitó. Estoy tan segura de que si nos conociéramos seríamos grandes amigos, Madiba y yo.

Como todo viaje, por pequeño que sea, no está completo sin la vuelta. El trabajo administrativo del colegio, redactar proyectos y demases, me esperaban con el mismo entusiasmo tan cachilupy de siempre. Fueron mis monstruos de séptimo los que me dieron la gran sorpresa. Como no estuve los primeros días de clases, el lunes por Mandela’s day y el martes por el viaje de vuelta con el chofer que nos tuvo escuchando sermones evangélicos a todo volumen (prefiero que me revienten los oídos con música shangana); parece que mis alumnos pensaron que yo no les haría más clases, y con ese susto me recibieron portándose como angelitos y recordándome una y otra vez lo mucho que quieren aprender matemáticas conmigo. Serán los más grandes del colegio, pero aún son niños, me gusta cuando esa inocencia les sale a flote. No sé cuánto les irá a durar, pero debo reconocer que me emocionaron los monstruitos,  al darme cuenta que dentro de todo me quieren.

La otra sorpresa que me encontré fue en Rulani. Un campamento de refugiados que lleva alrededor de veinte años en las afueras de Malamulele. Gente que escapó de la guerra civil en Mozambique en su tiempo y algunos refugiados zimbaweños. Empecé a visitar el campamento hace poco. A duras penas armé un grupo de mujeres que quieren aprender inglés, con la inconstancia y desaliento que tiene el empezar un grupo de cero. Por lo mismo tenía miedo de que dejando los talleres por una semana hubiese que empezar con los esfuerzos de cero otra vez. Pero como nunca, llegaron todas con sus materiales y con las pilas bien puestas. Por fin organizamos el grupo con una delegada, asistente, y dejamos lista la primera actividad que haremos fuera de las clases. Que no es más que limpiar la sala en la que hacemos los talleres, pero al menos eso implica que se tienen que organizar para ver quien trae qué, la hora, a quien le van a pedir ayuda, etcétera, etcétera. Pequeños esfuerzos que espero sirvan para ir creciendo.

Los que nunca pierden una gota de entusiasmo son mis mini futbolistas, esperando puntualmente a que me los lleve en la backy, la camioneta año milenio pasado que aperra en todas, para entrenar en el colegio. Cuando terminan y me los llevo de vuelta a Rulani, cantan a todo pulmón “Olé, olé, olé, oléeee…”, para que todo el campamento se entere de que han llegado ellos. Y para no dejar a las niñas de lado, por primera vez tuve entrenamiento con ellas.  Sí, yo las estoy entrenando, nada más y nada menos que en básquetbol. Recordando las pichangas de la tarde en el colegio o en el patio de la casa de mi compadre. Recordando con la paciencia con la que Manri, Rorro, Feño y Magofke trataron alguna vez de enseñarme básquetbol. Debo decir que no estaba tan oxidada, le apunté a todos los tiros (bueno, casi). Así que ahí estoy, esperando a que mis niñas revivan la gloria de la selección de básquetbol del IVºA La Salle Temuco ’99 (tremendos talentos que se perdió la NBA).

De vuelta al colegio. De vuelta al pasivo caos de Malamulele. De vuelta al cariño de las familias de Xithlelani. De vuelta al trabajo que se viene con Rulani. De vuelta adonde supongo es donde debo estar, porque como dicen Los Beatles: “There’s no where you can be, that isn´t where you are meant to be… it’s easy…”

domingo, 3 de julio de 2011

Mi teoría sobre los extraterrestres.

Tengo una teoría. Una teoría de la que siempre me acuerdo cuando pierdo la esperanza en la humanidad.
Alguien dijo sobre Gandhi: “He offered the world a way out of madness, but he doesn’t see it, neither does the world”. Y creo que Gandhi no es el único ser humano que ha ofrecido al mundo una alternativa a esta locura desenfrenada en la que vivimos. Entonces, si el ser humano no se la puede, los extraterrestres entran en acción.
Cuando este planeta tan jodido no te deja espacio para tener esperanza en la humanidad, no puedo más que encontrar brillante mi teoría. Mi teoría es que nos van a invadir los extraterrestres. Pero esta invasión nada tiene que ver con las películas taquillas de Hollywood. Mi teoría es que para que llegue otra especie a nuestro planeta a invadirnos, ha de ser esta especie muy inteligente. Tan inteligentes son estos extraterrestres invasores, que para ellos es obvio que las guerras, el consumo indiscriminado, la apariencia y el abuso no llegan a nada y no te hacen feliz. Entonces, esta especie con inteligencia superior, nos invadirá mostrándonos el verdadero camino para la felicidad. Compartir, pedir las cosas por favor, decir gracias, all you need is love, amar a tu prójimo como a ti mismo, y otras de esas verdades que por fin serán reveladas a la  humanidad.
(Asumo que estos extraterrestres son inteligentes, pues para atravesar la galaxia a invadir otro planeta o hay que ser muy inteligente o hay que tener la suerte que tuvo Colón. Si es la segunda, mi teoría se jode).
Y teniéndole fe a los extraterrestres que están por llegar, me duermo tranquila pensando que Gardel se equivoca y que este mundo fue una porquería, pero no siempre lo será.
(Ahora, hay momentos en los que me confundo y vuelvo a creer un poco en la humanidad. Como cuando me acuerdo de mis niños. De las risas de mis niños birmanos. Si ellos, con todo lo que a cada uno le tocó vivir, pueden reír. Cuando Nyiko en vez de jugar con sus amigos en Rulani, se da el tiempo de enseñarle los números a su amigo sordomudo. Cuando Ndzalama llega a pedirme perdón después de que lo echo de la sala de clases diciéndome “Teacher, I promise, I will be good now”, y efectivamente el monster cumple su promesa y empieza a portarse bien (¡!). Cuando Ítalo adquiere el hábito de ducharse casi todas las mañanas. Entonces, hay momentos en los que vuelvo a tener esperanza en la humanidad).

sábado, 28 de mayo de 2011

Un Día en Thohoyandou

Como ya había contado, Malamulele sólo llega a categoría de pueblo, por lo que hay veces en las que es necesario partir a la ciudad por algunas cosas. Así que un sábado cualquiera, partimos en la backy, nuestra leal y destartalada camioneta, con las checas, Saša y Kristina, e Ignacio, a “la ciudad”, a Thohoyandou, sin saber que después de hacer las primeras compras partiría la más emocionante, aterradora, disparatada y agonizante aventura que se pueda contar: Ir al baño.
Todo partió con las inocentes ganas de Saša de ir al baño, que pronto se me contagiaron. Así que fuimos al baño del Shopping Center. Pero, oh, oh… Cerrado. Segunda opción, partir a un restaurant, a uno bien decente, pero de nuevo, oh, oh… Cerrado. Ocurría que en forma nada inusual, el agua estaba cortada en toda la ciudad. Como la lógica no supera las ganas de ir al baño, seguimos buscando restaurantes esperando que alguno tuviera la puerta del baño sin llave. Pero otro restaurant, otra llave en la puerta.  
Cada paso nos hacía sentir la agonía de nuestras vejigas llenas de orina. Cada gota de transpiración nos hacía odiar al sol que las provocaba. Cada comentario de Ignacio “típico de minas que van al baño a cada rato” nos hacía detestarlo más y más.
Seguimos la búsqueda en cada restaurant e intento de restaurant que encontramos, dispuesta a comer Pap con tal que nos dejaran usar el baño. Pero nada. Llegamos a una estación de bencina, y la respuesta fue la misma. Pero la ira checa se apoderó de Saša, y el guardia escuchó sus quejas sin inmutarse para contestarle “sería mejor que fueran hombres, así les sería más fácil ir al baño”. Con esto la ira checa contagió a la chilena y el guardia al fin terminó al menos, dándonos la locación de un baño público. El olor guió nuestro camino. Llegamos con la esperanza de que nos dejaran pasar. Sin sorpresa, el agua estaba cortada, pero los baños no tenían llave, es más, ni siquiera tenían puertas. Y como si fuera poco, para entrar había que pagar. Pagar por ese baño, ESE baño, el más terrible de todos los baños, y eso que en baños huácalas con orgullo puedo decir que tengo experiencia; pero como ya dije, las ganas superan la lógica: pagamos.
Entramos con la nariz tapada. Entramos para encontrarnos a las viejas sentadas, porque recuerden que no había puertas. Entramos para encontrarnos los wáteres repletos de confort usado y de “otras cosas”. Entramos para dar término a casi una hora de búsqueda, de sufrimiento, de desesperación y desesperanza. Entramos para dar a nuestras vejigas el alivio que buscaban.
Como a Ignacio nos acompañó en toda la travesía, cuando se le ocurrió que quería ir a un bar a tomarse una cerveza, no nos quedó otra que seguirle el paso. Se consiguió el dato de un bar y partimos de nuevo, y aunque andar en búsqueda de una cerveza es mejor que andar en búsqueda de un baño, regañamos todo el camino: que el bar iba a estar lleno de borrachos, que iba a estar cerrado, que la cerveza iba a estar tibia, que lo más probable era que el barcillo este, el Koroni, ni existiera, la cosa era regañar. Jamás, jamás, pero es que jamás pensamos que llegaríamos al paraíso al que llegamos. Era el bar de un hotel cinco estrellas!!! (en realidad eran solo tres, pero después del baño público al que fuimos parecía de cinco). Y SÍ tenían cerveza, helada, rica, en una silla con sombrita, al lado de la piscina. De la piscina!
Nos tomamos las cervezas con ganas, con hartas ganas. Y adivinen que pasó después de tanta cerveza: nos dieron ganas de ir al baño. Pero el baño del bar era limpio, olorocito, tenía confort y tenía agua, se tiraba la cadena, y tenía hasta de esas cositas que secan las manos con airecito calentito después de que te las lavas.
Fue un día para no olvidar. Creo que ahora no importan las vicisitudes que me traiga la vida, siempre recordaré aquel día en Tohoyandhou y pensaré que no importan las agonías y traiciones de la vida, después de la tormenta siempre sale y brilla el sol (y brilla mucho más, si se acompaña de una cervecita).

sábado, 30 de abril de 2011

Primer reporte africano.


Ya va un mes en este perdido rinconcito sudafricano de la provincia de Limpopo llamado Malamulele, que aunque es pequeño, permítanme contarles que tiene categoría de pueblo, no de villa. ¿Por qué? Pues porque tiene un Kentucky Fried Chicken, y con eso ya somos pueblo, qué mejor indicador para categorizar un lugar?Claro que las peluquerías, restaurantes y mercadillos callejeros con todo el estilo que cuatro palos y un toldo de plástico pueden aportar, siguen vigentes.
La que no tiene categoría de pueblo, y que sigue en su adorable ranking de aldea, es Xithlelani. A una hora caminando, o a 15 minutos en auto (el que ya manejo y por la izquierda, siempre mucho mejor con las izquierdas, no?), está esta aldea con calles de tierra y llena de contrastes en sus construcciones. Mientras está plagada de “pintorescas”casas redondas con sus techos de paja, también ves muchas casas con un pretencioso estilo kitch de mansiones, con pilares, columnas y que perfectamente encontrarías en un barrio alto capitalino. Cuando los familiares migran a las grandes ciudades, mandan plata que las familias usan para sus lujosas casas en los suelos de tierra roja de Xithlelani. Al menos ésa es la explicación que me dieron cuando pregunté por esta notoria diferencia.
Pero sin importar como sea la casa, todo el mundo te saluda, en Xithlelani y en Malamulele. De a poco los saludos a extraños son menos y empiezan a ser más saludos a conocidos. Los niños saludan preguntando en forma interminable “How are you?”, sin importar cuantas veces respondas “Fine, and you?”. Aún lo encuentro adorable, a ver si pienso igual en unos meses más, jeje. Y los más traviesos solo te apuntan y te gritan “Mulungo, mulungo”, que quiere decir, “Blanca, blanca!”.
En Xithlelani los niños se ríen de las diez palabras que me sé en Xi-tsonga y se ríen porque soy narigona. Se ríen porque miraste para el lado, se ríen porque te moviste o sólo te apuntan y se ríen, cualquier excusa sirve para soltar una risa. La risa se da tan fácil. Una risa vibrante, no con la timidez de la risa india o la quichua, no es picaresca como la guayaca o la chilena, es vibrante y fuerte, con ritmo. Todas ellas atesorables, pero  me encanta como en las risas de los niños puedes ir encontrando una caracterización de la gente de un lugar (o de repente yo me lo invento, pero da igual, mientras sigan las risas, da igual). 


De esas cosas entrañables que te hacen el día. Están el “Hello” y que te respondan “Fine and you”. Está las señora del supermercado que llevaba su carro semi vacío, pero una gran bolsa de papas balanceada en la cabeza (la de cosas que pueden llevar en la cabeza!).Y están los dos accesorios más relevantes de la mujer Malamulesense: la peluca y la toalla. La toalla es multiuso, se usa para llevar la guagua a la espalda, se usa de falda, se usa de poncho si hace frío. Y las pelucas. Como a las africanas no les crece el pelo, muchas usan extensiones o pelucas. El pelo de una barbie es menos sintético que algunas pelucas. Y las hay con “estilo propio” (digámoslo así para mantener la diplomacia). Varias veces me han preguntado dónde compré mi pelo.
No me ha tocado comer nada raro aún, pero se vienen los saltamontes fritos y el guiso de gusanos, que de todas formas, no me quejo si no me toca probarlos. Y el “pap”, una cosa de polvo de maíz que parece puré de papas pero que es como un engrudo y que no sabe a nada. Pero aunque no sabe a nada, después de la cuarta cucharada, cuesta seguir tragándolo (por cuchara entiéndase que también puede ser la mano). Y es LO que comen por acá a toda hora. Prefería el interminable arroz de Ecuador.
Con el xi-tsonga voy avanzando, pero hay palabras que me tienen en desafío. Como “Mabele” que significa maíz, pero “Mabeele”, significa teta. La cosa es que olvido cual es cual. O “Fuchela”, que significa visitar, pero “Fuchela” significa tirarse un peo, así que da un poco susto decir que vas a visitar a alguien. Para ellos hay una clara diferencia de pronunciación, será que tengo pap en los oídos, porque no la distingo. La que sí pude diferenciar es guagua de tomar. Una es Nwana y la otra es N’wana. Queda clara la diferencia, no?
Ah! Y por último: he ido a misas. A varias. Aunque mis razones no son muy católicas. Voy por esa masa de voces negras que cantan a capela en Xi-tsonga. No se me ocurren palabras que no sean siúticas para describir la sensación que te da escuchar los cantos de las misas. Y fui a un bautizo masivo. Ojalá fueran todos así! Gritando, aplaudiendo, cantando con cada persona que bautizaban. Y en el baño de agua en la cabeza, claro está, salió una peluca volando, cosas que pasan…
Las experiencias de trabajo en la escuela y en la villa las dejo para más adelante, así hay más que contar, que ahora estamos solo empezando. Tomando la cosas con calma, que acá la gente vive sin stress y para seguir estresada, mejor me quedaba en Santiago, no?
PS: En Xithlelani hay un Bao bab. Una pena que El Principito haya tenido que arrancarlos de su pequeño planeta, porque son hermosos!!







viernes, 11 de marzo de 2011

¿Discriminación de qué exactamente?



Cualquiera puede enfadarse, eso es muy sencillo. Pero enfadarse con la persona adecuada, en el grado adecuado, en el momento oportuno, con el propósito justo y del modo correcto, eso, ciertamente, ya no resulta tan sencillo.
Eso nos decía Aristóteles, a lo que yo agregaría lo difícil que es perder el momento adecuado y encontrar los propósitos justos cuando ya pasó el momento.

En una clase de economía tuve un momento adecuado que perdí. Pero necesitaba vivir la experiencia años más tarde para darme cuenta de ello.

En esta clase a la que me refiero, la cátedra era sobre discriminación de precios. Un profesor expuso el ejemplo de una compañía de trenes con primera, segunda, tercera y cuarta clase. En el modelo la gente elegía la clase según su propia disposición a pagar. En teoría, esto permite que todos puedan acceder a un viaje en tren, por lo que los con menos poder adquisitivo, pueden acceder al servicio de todas formas, digamos que es un “beneficio para los pobres”. Dentro de la genialidad de este modelo de precios,  para que la segunda o la tercera  clase no se pasaran a cuarta, los dueños de la empresa de trenes no ponían asientos en esta clase, asegurándose, que quienes podían pagar más, lo hicieran. El no tener asientos en cuarta no era por que la empresa no pudiera realizar la inversión, sino por “estrategia”. La discusión que ojalá hubiese comenzado entonces es: ¿o sea que perpetuamos las condiciones de indignidad para quienes no pueden pagar más, sólo para poder cobrar más dinero a quienes sí lo tienen?
Claramente, este modelo lleva a la maximización de utilidades de la empresa, por lo tanto el que los pobres que no pueden pagar por un asiento se jodan, a nadie nos pareció argumento de debate.

En mi viaje a India viajé mucho en tren. Siendo India tan grande como es, me tocó más de un viaje de 40 horas. El primer viaje, de 36 horas, lo hice en primera clase con aire acondicionado, con baños semi limpios y con un importante desembolso de mi bolsillo. Me acobardé, no me creí capaz de aguantar un viaje así de largo en segunda clase. Para el segundo viaje de 38 horas, y con India más incorporada en mi sistema, me fui en segunda clase. Pero no crean que la diferencia de primera a segunda es gradual, porque no lo es, es abismal. La segunda clase tiene la ventaja de tener tu camilla, pero por lo demás…pueeessss... El abismo más patente está en los baños.

Para distancias cortas viajaba en tercera. Tercera tenía asientos. Asientos para 30 personas en un vagón en el que íbamos 130? Más? No. No fui nunca a un baño de tercera, pero no es difícil de imaginarlos. Como no es difícil de imaginar lo que es viajar ensardinado por un viaje de más de 10 horas si quiera.
Y luego está cuarta, en donde nunca viajé. Cuarta tiene tablas de madera intentando ser bancas. Les resulta familiar la imagen de la gente india colgando de las puertas del tren? Ésa es cuarta y es tercera. 


En las tantas horas que el viaje en tren me regalaba para pensar, recordé a mi profe. Y me enfureció la pérdida del momento adecuado.

¿Podemos defender la maximización de utilidades cuando esto implica estos niveles de indignidad?
¿Es ésta la única forma de proveer un servicio tan básico como es el transporte?
¿Hasta cuándo seguimos perpetuando la indignidad y peor aún, hasta cuándo la justificamos?




(La primera foto la tomé en un viaje que hice en segunda clase. La segunda es de google).

martes, 22 de febrero de 2011

Mi Nguillatún



Tenía pendiente relatar la historia del Nguillatún, la celebración Mapuche en la que se le pide a la Madre Tierra, a la Ñaku Mapu, por la generosidad de sus frutos.
Cómo datos técnicos, el Nguillatún dura tres días en los que se celebra reiteradamente un  rito en el que un grupo de hombres baila, un grupo de mujeres canta y el resto de los hombres rodea la herradura de ramadas montados a caballo y cantando gritos de guerra.
Saliendo de lo técnico, el Nguillatún es la celebración del ser Mapuche, de su ser conectado con la Tierra, de su ser respetuoso y agradecido por los regalos de la naturaleza, de su ser que sólo es en comunidad. Porque el ser en soledad no existe en esta tierra entre montañas de cielo azul.  El Nguillatún recoge la esencia Mapuche y la celebra en un espacio de libertad, de verde, en el que se baila para la Tierra, se canta para la Tierra, y se recuerda la esencia luchadora de la gente Mapuche.


Mientras más conozco a este pueblo originario, mientras más comparto con ellos, mientras más admiro a Eva por la pasión que se le arranca de su alma Pehuenche, menos entiendo las contradicciones con las que este pueblo debe vivir.
Nos queda tan lindo el discurso en el que decimos que lo bueno de la historia es aprender de nuestros errores y así no volver a cometerlos. La época de colonización española en mi Latinoamérica fue aberrante, en especial la evangelización. Yo soy seguidora ferviente de Jesús y de su mensaje. Que es un mensaje bastante simple: Amor. Y en este amor, el respeto y la humildad.
Pero cuando recordamos la evangelización, acordamos en que el trato a los pueblos originarios fue inhumano y en general lo decimos pensando en la sangre que se derramó. Siempre la opresión física es la que más nos impacta. Pero cuando no es sangre la que se derrama, cuando no es el cuerpo físico el que se aplasta sino el espiritual, no nos alarmamos tanto.

Los pueblos originarios de América poseen una sabiduría y una cosmovisión que es parte de su vida y de sus actos en todo momento, no sólo de una hora un domingo a la semana. Despojarlos de sus tradiciones y de sus costumbres es lo que más debería escandalizarnos de la evangelización. Jesús nos pidió que transmitiéramos su mensaje de amor, no que impusiéramos ritos.
Y aquí es donde me vuelvo a preguntar qué pasó con ese discurso de aprender del pasado. El alma y la esencia de los pueblos originarios se siguen masacrando.  A Giordano Bruno lo mataron cuatro siglos atrás por decir que Dios está presente en la naturaleza, en la tierra. Eso  hoy nos parece una barbarie, porque sabemos que Dios está presente en todo y en la naturaleza. Aún así, aunque hoy no quemamos a los mapuches por celebrar a la tierra como se hizo con Giordano Bruno, lo que se les hace es peor, porque es un martirio silencioso.

Vivir el Nguillatún fue una experiencia sobrenatural. Vivir en comunidad. Sentir la energía que se genera de la intensidad y el orgullo del quien soy, de quienes somos. Pero no dejó de estar ajeno de dolor. El dolor de quienes lamentaban ver a una comunidad más pequeña y a un grupo de Pehuenches Mapuches que sólo eran expectantes desde fuera. Que miraban desde fuera sin libertad, con miedo, cuando las iglesias llegan a remotas tierras acusando de ritos paganos que te llevan al infierno. Acusando de matar tu alma. Aparentando un apoyo cultural porque les mantienen el lenguaje, pero juzgando e impidiendo el desarrollo de cualquier actividad que no sea la que su iglesia impone.

Mientras iba conociendo a quienes me dejaron participar de su Nguillatún, a quienes me hicieron parte de su familia y compartieron el techo de su ramada conmigo, no dejaba de pensar en lo que decía Alberto Hurtado “Qué haría Cristo en mi lugar?” Y la respuesta sigue siendo la misma para mí. Jesús hubiese estado feliz de ver a este grupo que compartía su mensaje, Jesús hubiese disfrutado del queso asado en la tortilla, hubiese amasado y frito sopaipillas, hubiese chupeteado con ganas las costillas de cordero y le hubiese bailado a la tierra. Y sin embargo hay quienes en su nombre juzgan. Y por más juicios que escucho, no logro recordar a Jesús juzgando.


Afortunadamente, este relato tiene un final feliz. Con una felicidad que viene de un lugar bastante obvio. Viene de los niños. Esos niños que se pasaban la tarde ensayando los pasos del baile, que ardían en ansias por entrar al círculo a bailar y que volvían preguntando orgullosos si es que los había visto. Esas niñas que soñaban con el momento en que les tocara entrar al círculo a cantar. Esos niños que tienen la suerte de tener familias orgullosas de ser quienes son. Orgullosos de decir SOY. De aceptar y crecer en este mundo que cambia sin dejarse atropellar, sin dejarse arrastrar. Sin dejar de ser.

Hasta cuando seguiremos con una concepción de evangelizar que implica imponer? Cuándo nos daremos cuenta que la forma es compartir, aprender y entender? Es necesario ver sangre para decir basta? Cuándo empezaremos a escandalizarnos por los atropellos del alma? Por la indignidad?

Gracias Eva por dejarme conocerte, por dejarme ser parte. Aunque al principio no querías que fuera, querías esperar a que estuviera más preparada, pero al final me sentiste lista para entrar a este Nguillatún, con lo wei wei lonco que dices que soy. Me llevo esta experiencia en el corazón. Me la llevo a otras tierras, pero con una energía que recorre cualquier distancia, la energía del respeto y el amor.





martes, 8 de febrero de 2011

La vuvuzuela? Ah?

Como es de esperar, cuando toca algún mundial de fútbol todo el mundo gira en torno al mundial. No es para menos, es la fiesta mundial que cada cuatro años reúne a todos los países, todas las religiones y tendencias políticas,  nos sentimos todos como hermanos, creemos en la libertad de todos los pueblos, bla, bla, bla...(la verdad es que aunque Chile ni esté en el mundial, tiene su encanto cuando descalifica Argentina, pero engañémonos con que la cosa es fraternidad y amor y bla, bla, bla).

Mis amigos todavía me molestan por cobrar penales a mitad de cancha, pero aún así cuando es el mundial me las doy de experta. Sinceramente me encanta ver los partidos mundialeros.

Soy buena para la nostalgia y el recuerdo (...), mas si me he puesto a hablar del mundial, no es para recordar la gloria del campeón ni las penas de los no campeones.

Para llegar al punto principal de mi historia (sí, a pesar de tanto deambular, sí hay un punto), es necesario ponerlos en contexto.

Mundial de Sudáfrica 2010. Fecha en la que estaba viviendo en mi tranquilo Sangkhlaburi, Tailandia, con mis niños birmanos. Un pueblo fronterizo de tres calles principales y unas pocas callejuelas que cortan la jungla. En este pequeño paraíso escondido, y luchando con la diferencia horaria, me fue posible encontrar dos lugares en el que transmitían el mundial, dos lugares en los que vi los únicos dos partidos de fútbol de todo el mundial. En el "sport bar" (cuchutril que quedaba frente a una cancha de fútbol y uno de los únicos lugares en el que vendían cerveza en Sangkhla, por lo tanto sport y bar: "sport bar") vi con una alemana y una liverpuleña el partido en que Inglaterra quedó fuera. Pero mi adrenalina futbolera fue con el partido Chile / Honduras. Partido que vi en el restaurant del hotel cuico, yo solita, con un montón de meseros birmanos a quienes después de explicarles donde quedaba Chile, convertí en fanáticos. Terminamos juntos sufriendo con los casi goles, cuando hablaba de los jugadores chilenos ellos creían que yo sabía de lo que hablaba, hasta yo me convencí de que me sabía los nombres de los jugadores, y juntos gritamos y saltamos con el golazo de la victoria.

Fue una tremenda experiencia mundialera, sin duda. Pero lo importante acá es recalcar que fue LA experiencia mundialera.

Para concluir, me perdí todo el preámbulo mundialero. Y ahora que me voy a Sudáfrica todos me hacen bromas con la famosa vuvuzuela. Gente: NO TENGO IDEA QUÉ ES UNA VUVUZUELA! No les voy a traer vuvuzuelas de regalo, no entiendo las bromas al respecto, las que entiendo no me hacen gracia y no estoy ni ahí con la vuvuzuela.

Así que por favor, el punto al que quiero llegar con todo este preámbulo es: no me weveen más con la vuvuzuela. Ya?