sábado, 30 de abril de 2011

Primer reporte africano.


Ya va un mes en este perdido rinconcito sudafricano de la provincia de Limpopo llamado Malamulele, que aunque es pequeño, permítanme contarles que tiene categoría de pueblo, no de villa. ¿Por qué? Pues porque tiene un Kentucky Fried Chicken, y con eso ya somos pueblo, qué mejor indicador para categorizar un lugar?Claro que las peluquerías, restaurantes y mercadillos callejeros con todo el estilo que cuatro palos y un toldo de plástico pueden aportar, siguen vigentes.
La que no tiene categoría de pueblo, y que sigue en su adorable ranking de aldea, es Xithlelani. A una hora caminando, o a 15 minutos en auto (el que ya manejo y por la izquierda, siempre mucho mejor con las izquierdas, no?), está esta aldea con calles de tierra y llena de contrastes en sus construcciones. Mientras está plagada de “pintorescas”casas redondas con sus techos de paja, también ves muchas casas con un pretencioso estilo kitch de mansiones, con pilares, columnas y que perfectamente encontrarías en un barrio alto capitalino. Cuando los familiares migran a las grandes ciudades, mandan plata que las familias usan para sus lujosas casas en los suelos de tierra roja de Xithlelani. Al menos ésa es la explicación que me dieron cuando pregunté por esta notoria diferencia.
Pero sin importar como sea la casa, todo el mundo te saluda, en Xithlelani y en Malamulele. De a poco los saludos a extraños son menos y empiezan a ser más saludos a conocidos. Los niños saludan preguntando en forma interminable “How are you?”, sin importar cuantas veces respondas “Fine, and you?”. Aún lo encuentro adorable, a ver si pienso igual en unos meses más, jeje. Y los más traviesos solo te apuntan y te gritan “Mulungo, mulungo”, que quiere decir, “Blanca, blanca!”.
En Xithlelani los niños se ríen de las diez palabras que me sé en Xi-tsonga y se ríen porque soy narigona. Se ríen porque miraste para el lado, se ríen porque te moviste o sólo te apuntan y se ríen, cualquier excusa sirve para soltar una risa. La risa se da tan fácil. Una risa vibrante, no con la timidez de la risa india o la quichua, no es picaresca como la guayaca o la chilena, es vibrante y fuerte, con ritmo. Todas ellas atesorables, pero  me encanta como en las risas de los niños puedes ir encontrando una caracterización de la gente de un lugar (o de repente yo me lo invento, pero da igual, mientras sigan las risas, da igual). 


De esas cosas entrañables que te hacen el día. Están el “Hello” y que te respondan “Fine and you”. Está las señora del supermercado que llevaba su carro semi vacío, pero una gran bolsa de papas balanceada en la cabeza (la de cosas que pueden llevar en la cabeza!).Y están los dos accesorios más relevantes de la mujer Malamulesense: la peluca y la toalla. La toalla es multiuso, se usa para llevar la guagua a la espalda, se usa de falda, se usa de poncho si hace frío. Y las pelucas. Como a las africanas no les crece el pelo, muchas usan extensiones o pelucas. El pelo de una barbie es menos sintético que algunas pelucas. Y las hay con “estilo propio” (digámoslo así para mantener la diplomacia). Varias veces me han preguntado dónde compré mi pelo.
No me ha tocado comer nada raro aún, pero se vienen los saltamontes fritos y el guiso de gusanos, que de todas formas, no me quejo si no me toca probarlos. Y el “pap”, una cosa de polvo de maíz que parece puré de papas pero que es como un engrudo y que no sabe a nada. Pero aunque no sabe a nada, después de la cuarta cucharada, cuesta seguir tragándolo (por cuchara entiéndase que también puede ser la mano). Y es LO que comen por acá a toda hora. Prefería el interminable arroz de Ecuador.
Con el xi-tsonga voy avanzando, pero hay palabras que me tienen en desafío. Como “Mabele” que significa maíz, pero “Mabeele”, significa teta. La cosa es que olvido cual es cual. O “Fuchela”, que significa visitar, pero “Fuchela” significa tirarse un peo, así que da un poco susto decir que vas a visitar a alguien. Para ellos hay una clara diferencia de pronunciación, será que tengo pap en los oídos, porque no la distingo. La que sí pude diferenciar es guagua de tomar. Una es Nwana y la otra es N’wana. Queda clara la diferencia, no?
Ah! Y por último: he ido a misas. A varias. Aunque mis razones no son muy católicas. Voy por esa masa de voces negras que cantan a capela en Xi-tsonga. No se me ocurren palabras que no sean siúticas para describir la sensación que te da escuchar los cantos de las misas. Y fui a un bautizo masivo. Ojalá fueran todos así! Gritando, aplaudiendo, cantando con cada persona que bautizaban. Y en el baño de agua en la cabeza, claro está, salió una peluca volando, cosas que pasan…
Las experiencias de trabajo en la escuela y en la villa las dejo para más adelante, así hay más que contar, que ahora estamos solo empezando. Tomando la cosas con calma, que acá la gente vive sin stress y para seguir estresada, mejor me quedaba en Santiago, no?
PS: En Xithlelani hay un Bao bab. Una pena que El Principito haya tenido que arrancarlos de su pequeño planeta, porque son hermosos!!







viernes, 11 de marzo de 2011

¿Discriminación de qué exactamente?



Cualquiera puede enfadarse, eso es muy sencillo. Pero enfadarse con la persona adecuada, en el grado adecuado, en el momento oportuno, con el propósito justo y del modo correcto, eso, ciertamente, ya no resulta tan sencillo.
Eso nos decía Aristóteles, a lo que yo agregaría lo difícil que es perder el momento adecuado y encontrar los propósitos justos cuando ya pasó el momento.

En una clase de economía tuve un momento adecuado que perdí. Pero necesitaba vivir la experiencia años más tarde para darme cuenta de ello.

En esta clase a la que me refiero, la cátedra era sobre discriminación de precios. Un profesor expuso el ejemplo de una compañía de trenes con primera, segunda, tercera y cuarta clase. En el modelo la gente elegía la clase según su propia disposición a pagar. En teoría, esto permite que todos puedan acceder a un viaje en tren, por lo que los con menos poder adquisitivo, pueden acceder al servicio de todas formas, digamos que es un “beneficio para los pobres”. Dentro de la genialidad de este modelo de precios,  para que la segunda o la tercera  clase no se pasaran a cuarta, los dueños de la empresa de trenes no ponían asientos en esta clase, asegurándose, que quienes podían pagar más, lo hicieran. El no tener asientos en cuarta no era por que la empresa no pudiera realizar la inversión, sino por “estrategia”. La discusión que ojalá hubiese comenzado entonces es: ¿o sea que perpetuamos las condiciones de indignidad para quienes no pueden pagar más, sólo para poder cobrar más dinero a quienes sí lo tienen?
Claramente, este modelo lleva a la maximización de utilidades de la empresa, por lo tanto el que los pobres que no pueden pagar por un asiento se jodan, a nadie nos pareció argumento de debate.

En mi viaje a India viajé mucho en tren. Siendo India tan grande como es, me tocó más de un viaje de 40 horas. El primer viaje, de 36 horas, lo hice en primera clase con aire acondicionado, con baños semi limpios y con un importante desembolso de mi bolsillo. Me acobardé, no me creí capaz de aguantar un viaje así de largo en segunda clase. Para el segundo viaje de 38 horas, y con India más incorporada en mi sistema, me fui en segunda clase. Pero no crean que la diferencia de primera a segunda es gradual, porque no lo es, es abismal. La segunda clase tiene la ventaja de tener tu camilla, pero por lo demás…pueeessss... El abismo más patente está en los baños.

Para distancias cortas viajaba en tercera. Tercera tenía asientos. Asientos para 30 personas en un vagón en el que íbamos 130? Más? No. No fui nunca a un baño de tercera, pero no es difícil de imaginarlos. Como no es difícil de imaginar lo que es viajar ensardinado por un viaje de más de 10 horas si quiera.
Y luego está cuarta, en donde nunca viajé. Cuarta tiene tablas de madera intentando ser bancas. Les resulta familiar la imagen de la gente india colgando de las puertas del tren? Ésa es cuarta y es tercera. 


En las tantas horas que el viaje en tren me regalaba para pensar, recordé a mi profe. Y me enfureció la pérdida del momento adecuado.

¿Podemos defender la maximización de utilidades cuando esto implica estos niveles de indignidad?
¿Es ésta la única forma de proveer un servicio tan básico como es el transporte?
¿Hasta cuándo seguimos perpetuando la indignidad y peor aún, hasta cuándo la justificamos?




(La primera foto la tomé en un viaje que hice en segunda clase. La segunda es de google).

martes, 22 de febrero de 2011

Mi Nguillatún



Tenía pendiente relatar la historia del Nguillatún, la celebración Mapuche en la que se le pide a la Madre Tierra, a la Ñaku Mapu, por la generosidad de sus frutos.
Cómo datos técnicos, el Nguillatún dura tres días en los que se celebra reiteradamente un  rito en el que un grupo de hombres baila, un grupo de mujeres canta y el resto de los hombres rodea la herradura de ramadas montados a caballo y cantando gritos de guerra.
Saliendo de lo técnico, el Nguillatún es la celebración del ser Mapuche, de su ser conectado con la Tierra, de su ser respetuoso y agradecido por los regalos de la naturaleza, de su ser que sólo es en comunidad. Porque el ser en soledad no existe en esta tierra entre montañas de cielo azul.  El Nguillatún recoge la esencia Mapuche y la celebra en un espacio de libertad, de verde, en el que se baila para la Tierra, se canta para la Tierra, y se recuerda la esencia luchadora de la gente Mapuche.


Mientras más conozco a este pueblo originario, mientras más comparto con ellos, mientras más admiro a Eva por la pasión que se le arranca de su alma Pehuenche, menos entiendo las contradicciones con las que este pueblo debe vivir.
Nos queda tan lindo el discurso en el que decimos que lo bueno de la historia es aprender de nuestros errores y así no volver a cometerlos. La época de colonización española en mi Latinoamérica fue aberrante, en especial la evangelización. Yo soy seguidora ferviente de Jesús y de su mensaje. Que es un mensaje bastante simple: Amor. Y en este amor, el respeto y la humildad.
Pero cuando recordamos la evangelización, acordamos en que el trato a los pueblos originarios fue inhumano y en general lo decimos pensando en la sangre que se derramó. Siempre la opresión física es la que más nos impacta. Pero cuando no es sangre la que se derrama, cuando no es el cuerpo físico el que se aplasta sino el espiritual, no nos alarmamos tanto.

Los pueblos originarios de América poseen una sabiduría y una cosmovisión que es parte de su vida y de sus actos en todo momento, no sólo de una hora un domingo a la semana. Despojarlos de sus tradiciones y de sus costumbres es lo que más debería escandalizarnos de la evangelización. Jesús nos pidió que transmitiéramos su mensaje de amor, no que impusiéramos ritos.
Y aquí es donde me vuelvo a preguntar qué pasó con ese discurso de aprender del pasado. El alma y la esencia de los pueblos originarios se siguen masacrando.  A Giordano Bruno lo mataron cuatro siglos atrás por decir que Dios está presente en la naturaleza, en la tierra. Eso  hoy nos parece una barbarie, porque sabemos que Dios está presente en todo y en la naturaleza. Aún así, aunque hoy no quemamos a los mapuches por celebrar a la tierra como se hizo con Giordano Bruno, lo que se les hace es peor, porque es un martirio silencioso.

Vivir el Nguillatún fue una experiencia sobrenatural. Vivir en comunidad. Sentir la energía que se genera de la intensidad y el orgullo del quien soy, de quienes somos. Pero no dejó de estar ajeno de dolor. El dolor de quienes lamentaban ver a una comunidad más pequeña y a un grupo de Pehuenches Mapuches que sólo eran expectantes desde fuera. Que miraban desde fuera sin libertad, con miedo, cuando las iglesias llegan a remotas tierras acusando de ritos paganos que te llevan al infierno. Acusando de matar tu alma. Aparentando un apoyo cultural porque les mantienen el lenguaje, pero juzgando e impidiendo el desarrollo de cualquier actividad que no sea la que su iglesia impone.

Mientras iba conociendo a quienes me dejaron participar de su Nguillatún, a quienes me hicieron parte de su familia y compartieron el techo de su ramada conmigo, no dejaba de pensar en lo que decía Alberto Hurtado “Qué haría Cristo en mi lugar?” Y la respuesta sigue siendo la misma para mí. Jesús hubiese estado feliz de ver a este grupo que compartía su mensaje, Jesús hubiese disfrutado del queso asado en la tortilla, hubiese amasado y frito sopaipillas, hubiese chupeteado con ganas las costillas de cordero y le hubiese bailado a la tierra. Y sin embargo hay quienes en su nombre juzgan. Y por más juicios que escucho, no logro recordar a Jesús juzgando.


Afortunadamente, este relato tiene un final feliz. Con una felicidad que viene de un lugar bastante obvio. Viene de los niños. Esos niños que se pasaban la tarde ensayando los pasos del baile, que ardían en ansias por entrar al círculo a bailar y que volvían preguntando orgullosos si es que los había visto. Esas niñas que soñaban con el momento en que les tocara entrar al círculo a cantar. Esos niños que tienen la suerte de tener familias orgullosas de ser quienes son. Orgullosos de decir SOY. De aceptar y crecer en este mundo que cambia sin dejarse atropellar, sin dejarse arrastrar. Sin dejar de ser.

Hasta cuando seguiremos con una concepción de evangelizar que implica imponer? Cuándo nos daremos cuenta que la forma es compartir, aprender y entender? Es necesario ver sangre para decir basta? Cuándo empezaremos a escandalizarnos por los atropellos del alma? Por la indignidad?

Gracias Eva por dejarme conocerte, por dejarme ser parte. Aunque al principio no querías que fuera, querías esperar a que estuviera más preparada, pero al final me sentiste lista para entrar a este Nguillatún, con lo wei wei lonco que dices que soy. Me llevo esta experiencia en el corazón. Me la llevo a otras tierras, pero con una energía que recorre cualquier distancia, la energía del respeto y el amor.





martes, 8 de febrero de 2011

La vuvuzuela? Ah?

Como es de esperar, cuando toca algún mundial de fútbol todo el mundo gira en torno al mundial. No es para menos, es la fiesta mundial que cada cuatro años reúne a todos los países, todas las religiones y tendencias políticas,  nos sentimos todos como hermanos, creemos en la libertad de todos los pueblos, bla, bla, bla...(la verdad es que aunque Chile ni esté en el mundial, tiene su encanto cuando descalifica Argentina, pero engañémonos con que la cosa es fraternidad y amor y bla, bla, bla).

Mis amigos todavía me molestan por cobrar penales a mitad de cancha, pero aún así cuando es el mundial me las doy de experta. Sinceramente me encanta ver los partidos mundialeros.

Soy buena para la nostalgia y el recuerdo (...), mas si me he puesto a hablar del mundial, no es para recordar la gloria del campeón ni las penas de los no campeones.

Para llegar al punto principal de mi historia (sí, a pesar de tanto deambular, sí hay un punto), es necesario ponerlos en contexto.

Mundial de Sudáfrica 2010. Fecha en la que estaba viviendo en mi tranquilo Sangkhlaburi, Tailandia, con mis niños birmanos. Un pueblo fronterizo de tres calles principales y unas pocas callejuelas que cortan la jungla. En este pequeño paraíso escondido, y luchando con la diferencia horaria, me fue posible encontrar dos lugares en el que transmitían el mundial, dos lugares en los que vi los únicos dos partidos de fútbol de todo el mundial. En el "sport bar" (cuchutril que quedaba frente a una cancha de fútbol y uno de los únicos lugares en el que vendían cerveza en Sangkhla, por lo tanto sport y bar: "sport bar") vi con una alemana y una liverpuleña el partido en que Inglaterra quedó fuera. Pero mi adrenalina futbolera fue con el partido Chile / Honduras. Partido que vi en el restaurant del hotel cuico, yo solita, con un montón de meseros birmanos a quienes después de explicarles donde quedaba Chile, convertí en fanáticos. Terminamos juntos sufriendo con los casi goles, cuando hablaba de los jugadores chilenos ellos creían que yo sabía de lo que hablaba, hasta yo me convencí de que me sabía los nombres de los jugadores, y juntos gritamos y saltamos con el golazo de la victoria.

Fue una tremenda experiencia mundialera, sin duda. Pero lo importante acá es recalcar que fue LA experiencia mundialera.

Para concluir, me perdí todo el preámbulo mundialero. Y ahora que me voy a Sudáfrica todos me hacen bromas con la famosa vuvuzuela. Gente: NO TENGO IDEA QUÉ ES UNA VUVUZUELA! No les voy a traer vuvuzuelas de regalo, no entiendo las bromas al respecto, las que entiendo no me hacen gracia y no estoy ni ahí con la vuvuzuela.

Así que por favor, el punto al que quiero llegar con todo este preámbulo es: no me weveen más con la vuvuzuela. Ya?


martes, 25 de enero de 2011

Si fuéramos capaces...

Si fuéramos capaces

Si fuéramos capaces…
…de escuchar antes de hablar,
de leer antes de escribir,
de dar antes que pedir,
de discutir para consensuar,
de consensuar para crecer,
de crecer para mejorar,
de mejorar para compartir,
de compartir para luego festejar,
de festejar para soñar,
de soñar para luego hacer,
de hacer y no solo pensar,
de pensar antes de actuar,
de actuar antes que esperar,
de no esperar y hacer,
de hacer y luego proponer,
de proponer en vez de imponer, …
…estaríamos haciendo pequeñas cosas, que tal vez formen parte de esas “cosas chiquitas” a las que se refiere Eduardo Galeano cuando dice: “Son cosas chiquitas. No acaban con la pobreza, no nos sacan del subdesarrollo, no socializan los medios de producción, no expropian las cuevas de Alí Babá. Pero quizá desencadenen la alegría de hacer y la traduzcan en actos, actuar sobre la realidad y cambiarla, aunque sea un poquito, es la única manera de probar que la realidad es transformable”.


(Un regalo que me dio un tontito por ahí)

viernes, 21 de enero de 2011

AYAYAY!

En Sangkhlaburi, en Tailandia, vivía con mis niños. En Whispering Seed, la ong que empezó un gringo loco llamado Jim, pequeñita pero con sueños grandes; vivíamos todos juntos. Mis niños, birmanos todos, hijos de padres y madres que arrancaron de Birmania y que en Tailandia se enfrentaron a quedarse sin sus padres por diferentes razones que no quiero contar.



Más que una ong, éramos una familia. Vivíamos todos juntos y teníamos nuestra propia idiosincrasia y nuestras propias costumbres. 

Esto incluye el tener nuestros propias formas de hablar, palabras y expresiones que de una u otra forma nos identifican. Hay una palabra en particular, una que no creo aparezca en el diccionario de la RAE. Esa palabra que decíamos cuando alguien dice algo incoherente, cuando las cosas no van saliendo muy bien, cuando ponemos la paciencia a prueba o sencillamente, cuando estamos hartos, la rítmica palabra: AYAYAY! 
Un poco a propósito y simplemente porque se me pegó, hoy, a miles de miles de kilómetros de mis niños, el Ayayay no me ha abandonado.Y me encanta recordarlos con cada Ayayay que esta vida me provoca.
Ayayay!!


lunes, 17 de enero de 2011

¿Sabía usted por qué la sopaipilla lleva un hoyo al medio?



Participando de un Nguillatún el fin de semana pasado, lo que más comimos fue sopaipillas. El Nguillatún se hace al aire libre, en una pradera entre montañas, y lo que se come lo cocinamos en fogata, incluida la sopaipa.
Se pone un caldero en la fogata con aceite, a la altura del suelo, pero entonces: ¿Cómo rayos sacamos la sopaipilla del aceite? Es ahí donde la existencia del oyito del medio cobra todo el sentido. Con una ramita (la que se obtiene del árbol más cercano), uno le achunta al oyito, y saca la sopaipilla!
No creo que sea posible ser más ingenioso.
Y así es como queda descifrado uno de los grandes misterios de la tradición chilensis: El hoyito de la sopaipilla.